Tolkien


Cuando estaba en segundo de carrera, me llegó no sé cómo un libro gordísimo que se titulaba El señor de los anillos. Pese a que las primeras páginas me entusiasmaron poco, seguí leyendo, porque entonces me sentía obligado a terminar los libros que empezaba. Al cabo de unas ochenta carillas, consiguió apasionarme. Como apenas tenía tiempo, vivía ansiando huecos y llevaba el libro conmigo a todas partes (así descubrí la manera de encontrar tiempo para leer: llevando siempre un libro encima).

Llegó la Navidad y me vine leyéndolo en una litera del Shangái. Había ya un tipo allí cuando subí, pero ni me saludó. Sin embargo, al ver qué leía, pegó un grito: «¡The Lord of the Rings!». Se bajó de la litera, abrió una mochila y sacó un calendario de pared en cuya primera página podía leerse «The J.R.R. Tolkien Calendar» escrito en negativo sobre una foto del escritor, con chaqueta de tweed y corbata, sentado en la hierba al pie de un árbol enorme. Debí de poner caras y el chaval arrancó la página y me la regaló. La utilicé para decorar aquellas carpetas de fuelle que utilizábamos entonces para los apuntes de clase.

Terminé el libro y me di cuenta de que era la primera parte de una trilogía. Tardaron en llegar las otras dos. O me lo pareció. Tampoco pude encontrar más libros suyos hasta varios años después. Me los leí todos, epistolario incluido, empezando por El Hobbit, que se había publicado en 1937.

La obra de Tolkien va sobre el amor y el odio, el bien y el mal. Muy recomendable para leer o releer en precampaña.

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