Estamos en un país tan apocado que parece que ni el rey puede hablar. Algunos nacionalistas están tan crecidos o son tan prepotentes que tachan de hereje a todo aquel que discrepa de sus ideas o no dice exactamente lo que ellos necesitan escuchar. Esas son algunas de las reflexiones que suscitan el episodio de la carta electrónica del rey y las reacciones políticas que la siguieron. Tenemos el monarca más discreto de la historia. No habla más que en las ocasiones precisas, que son sus discursos oficiales, los mensajes de Navidad y la Pascua Militar y algunas breves declaraciones a los periodistas, con micrófono o sin él. Solo se salió de ese marco la noche del golpe de Estado del 23-F y este martes. Pero cada vez que habla de la unidad nacional, salen los nacionalistas a acusarlo de no recalcar o no ver la diversidad de España.
Vamos a ver. ¿Tenía que hablar el rey ahora? Yo mantengo que no solo tiene que hablar, sino que tiene que actuar. Si hay algún momento en que es precisa su palabra y su dirección es cuando está en peligro la unidad nacional. Reinar es, naturalmente, ser árbitro, equilibrar y no meterse en cuestiones políticas ordinarias que competen a su Gobierno. Pero es jefe del Estado, la Constitución encomienda a la Corona ser «vínculo de su unidad y permanencia» y, por tanto, saltar en su defensa cuando se pretende crear otro Estado no solo entra plenamente en sus funciones; es su obligación.
¿Se equivocó, como se le dijo ayer desde el nacionalismo catalán? No. Equivocarse sería dejar hacer. Si el rey no habla en ese momento, ¿para qué está? ¿Para presidir inauguraciones y entretenernos la cena de Nochebuena?
¿Debió mencionar la diversidad de España, como le ha reprochado el señor Duran i Lleida? Creo que no es justo decirle eso al monarca bajo cuyo mandato esa diversidad ha tenido un mayor reflejo en las leyes, en el autogobierno y en la vida diaria de los ciudadanos.
¿No respeta la libertad de expresión de quienes plantean la independencia, como le acusa otro parlamentario? Los jefes de Estado respetan la libertad no poniendo restricciones al ejercicio de ningún derecho constitucional. A lo peor, el único español que tiene limitada su libertad de expresión es precisamente el rey.
Lo único que este cronista critica de la carta de don Juan Carlos es que no haya cuidado más su contenido literario. Parece una carta de un amiguete, con términos de las conversaciones particulares. Parece un blog para consulta de adictos. Contiene párrafos enrevesados y palabras que provocan polémica innecesaria. Le falta la altura que se debería esperar de la dignidad de su firmante. En definitiva, poca carta para tanta emergencia y tan alta llamada de atención.