La masiva manifestación de Barcelona funcionó como un gran aldabonazo al que la propia CiU se encargó ayer de poner sordina. La independencia es la meta, pero de una carrera de fondo.
Los datos que numerosos expertos han puesto estos días sobre la mesa ponen de manifiesto que, si España perdería una parte importante de su PIB, una Cataluña independiente ocuparía un puesto bajo en el ránking europeo y se enfrentaría a su elevada deuda actual y al considerable gasto de montar una estructura estatal con una prima de riesgo por las nubes. Parece claro, además, que a las instituciones europeas les haría muy poca gracia un proceso secesionista que podría ser imitado por otras comunidades con conocidas reivindicaciones similares.
Las aspiraciones independentistas seguirán, pues, siendo la espada de Damocles que pende sobre la permanente negociación con el Estado español, solo que ahora con una cuerda aun más delgada.
Lo que el presidente catalán pondrá sobre la mesa de negociación con Rajoy será la vieja demanda de reequilibrio de las cuentas. Los catalanes sostienen que aportan a la caja común mucho más de lo que reciben y esgrimen el agravio comparativo en cuanto tienen ocasión. Por ejemplo, las reiteradas declaraciones sobre la supuesta falta de rentabilidad de las inversiones en el AVE gallego no son, en este contexto, algo improvisado ni fruto de un cabreo momentáneo. Es, a la postre, de lo que se va a discutir. Los intereses de Galicia también estarán sobre esa mesa. Con Rajoy pensando en cómo afrontar la petición de rescate y Feijoo y sus rivales, inmersos en una larga campaña electoral.