La caída de una política de raza

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

18 sep 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Me dicen que Esperanza Aguirre empezó a acariciar la idea de retirarse durante las vacaciones. Las vacaciones producen alteraciones afectivas, y la señora Aguirre se sumió en una reflexión profunda sobre su vida: la reciente enfermedad, la familia desatendida durante cuatro décadas, el hecho de ser abuela, que tuvo para ella un notable impacto emocional? Y después, el horizonte político. Los rumores la situaban como aspirante a la alcaldía de Madrid, pero eso significaría competir con Ana Botella. Los designios de Rajoy no pasan por su persona, que se inclinó por Ruiz-Gallardón. Y por último, lo ocurrido en el último comité de dirección: la señora Aguirre se quedó aislada con Mayor Oreja contra las medidas de gracia del etarra Bolinaga. Esa fue, probablemente, la gota que colmó el vaso de las «razones personales» que la presidenta expuso ayer.

En un lado de la hoja de sus reflexiones puso sus motivos. En el otro, el análisis del momento: se marcha con un buen balance de gestión, con la autonomía menos endeudada y mejores resultados. La adora una gran parte de la militancia, que ensalza su autoridad para adoptar medidas contundentes. Es respetada por el conjunto de la ciudadanía, que podrá discrepar de sus ideas y censurar sus procedimientos, pero reconoce, respeta, valora y teme su talla política. Deja la presidencia en un instante de alta calificación. No era mal momento para dimitir.

Para el presidente Rajoy no es buena noticia, aunque la señora Aguirre no pertenezca a su círculo de confianza. Doña Esperanza es incómoda, pero leal. Discute las decisiones, pero las acata y las pone en práctica. Ha sido valiente avanzada en muchas iniciativas, desde declarar la guerra a los liberados sindicales hasta la propuesta de reducir el número de diputados autonómicos. Su retirada crea un vacío personal e ideológico. Aunque sea un personaje básicamente madrileño, si apareciese en otro partido arrastraría multitud de votos. Y no descarto que se empiece a hurgar en el hecho de que renuncia a sus cargos, pero no se retira de la política.

Tranquilos todos: Esperanza Aguirre jamás estará bajo otras siglas. Su batalla es conseguir que su delfín Ignacio González tenga la misma mayoría que ella. González provocó fuertes enemistades al cesar manu militari a quien le hacía sombra, como Francisco Granados, pero el poder hace crecer lealtades inquebrantables. A Rajoy tampoco le hace feliz el señor González, porque se le vio meciendo la cuna hace cuatro años, cuando lo querían tumbar. Pero la política está llena de perdones, grandes perdonanzas y sublimes indulgencias. Y no está el patio para viejas facturas. Aguirre es tan lista, que hasta eligió bien el momento de la sucesión.