«¿Quebeluña?»


Artur Mas, presidente de la Generalitat con el voto de ¡23 de cada cien! electores catalanes (obtuvo el 38,5 % de los sufragios con una participación del 59,9 %) culminó el jueves la traca de desafíos a la Constitución, la convivencia en su comunidad y la historia secular compartida entre España y una de sus partes esenciales, con la petición de un referendo de autodeterminación.

Para los que pudieran tener aún alguna duda sobre las intenciones de CiU, ERC y los tontos útiles que les sirven de comparsa, lo acontecido esta semana demuestra que el catalanismo secesionista va a por todas, por lo que resulta esencial seguir denunciando sus mitos e imposturas.

De hecho, y contradiciendo a esa intelectualidad acomplejada-acobardada por las simplezas presuntamente rimbombantes de los independentistas -una intelectualidad que lleva años sosteniendo que los nacionalistas amagan pero no se atreven nunca a realizar sus amenazas-, la petición de una consulta hecha por el presidente de la Generalitat pone de relieve que la situación calamitosa en que el tripartito dejó la economía catalana ha convencido al nacionalismo de que existen hoy miles de personas dispuestas a comprar la mercancía averiada de que lo mejor para superar la crisis es independizarse de España planteando ya un referendo de autodeterminación.

Ante un reto de tanta gravedad conviene recordar lo sucedido en el único territorio no colonial del mundo democrático en que se ha celebrado una consulta de este estilo -la provincia canadiense de Quebec-, donde dos referendos sucesivos sobre la secesión (en 1980 y 1995), saldados ambos con la derrota de los independentistas, lejos de resolver el problema de las relaciones entre Quebec y Canadá no ha hecho otra cosa que institucionalizar la falsa idea de que ese contencioso solo desaparecerá el día que los secesionistas resulten vencedores. Pues que nadie se engañe ni pretenda dar gato en vez de liebre: los referendos de autodeterminación se repiten una y otra vez mientras los independentistas pierden y no vuelven a realizarse nunca más una vez que aquellos han ganado.

Aunque en la manifestación de la Diada haya habido un millón de personas, tal cifra no contradice el dato repetido por todas las encuestas que se vienen haciendo en Cataluña: que el independentismo, aunque creciente, es minoritario. Ceder a la presión nacionalista y aceptar la convocatoria de un referendo de autodeterminación (lo que exigiría una previa reforma de la Constitución), lejos de resolver democráticamente el problema catalán lo enquistaría para siempre. Pues la respuesta democrática a una sociedad multiidentitaria no es la independencia, sino la autonomía, de la que ya disfruta Cataluña, como pocos territorios regionales en el mundo, desde hace treinta años.

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