Mariano Rajoy, que no sabe explicar por qué Zapatero se libró de pedir el rescate y él no, tampoco va a entender nada de lo que pasa en Cataluña, porque ni la manifestación nace del «sentido común», ni la independencia preconiza «lo mejor para los españoles», que son los únicos argumentos que rigen en la Moncloa. Y por eso parece evidente que España tiene, desde el martes, otro gravísimo problema.
Y ese problema es que, valiéndose de unos modelos contables hechos a la medida de su ambición, que nunca fueron cuestionados ni desmontados, y obviando la desastrosa trayectoria que siguió la Generalitat en los últimos años, los dirigentes nacionalistas han conseguido asentar en la conciencia colectiva de Cataluña la idea de que España es un país de vagos que vive a su costa, que el derecho de autodeterminación se ejerce desde cero y sin contextos históricos, y que si fuesen independientes serían también una de las naciones más ricas del mundo.
Pero la culpa de este éxito político y mediático no es de los nacionalistas, que solo actúan como tales. El problema de España es que enfrente del discurso nacionalista, falsamente revestido de modernidad y europeísmo, no hay nada, o solo hay tópicos políticos y proclamas mediáticas herederas del más rancio centralismo militarista. Porque en las instituciones centrales del Estado o no se sabe decir nada de lo que es España (ahí están los socialistas con su trágica historia del Estatut, su tripartito y su presencia en la misma manifestación cuyo efecto repudian), o se fía todo a un cartesianismo constitucional y político que nunca se sabe si está más cerca de Felipe V o del pensamiento democrático y federal europeísta.
Quizá por eso el presidente Rajoy no puede entender que, habiéndose postulado como la más firme garantía de la ley, la unidad de España y la dignidad de la guerra antiterrorista, sea en realidad el presidente más débil de la democracia, y el que puede ver cómo Cataluña y Euskadi inician un camino rancio y enloquecido que nadie sabe cómo parar. Una tragedia nacional para todos nosotros, y una tragedia personal para este marianismo que no levanta cabeza.
¿Se imaginan ustedes qué diría la señora Merkel si el honorable Mas le fuese con la monserga de «construir estructuras de Estado» en la arruinada Cataluña? Pues diría esto (en alemán): «Mira Artur, vete a hacer los ajustes y no me marees». Y luego le explicaría lo absurdo que es ir hacia las fragmentaciones en tiempos de construcción de una Europa federal, o correr hacia el siglo XIX cuando empieza el XXI. Pero para eso hay que tener personalidad, fuerza discursiva y gestión impecable. Y de eso, aquí, también tenemos déficit. Por eso espero que, basándose en las condiciones del rescate, sea Merkel la que reciba a Mas en la cancillería. Porque un minuto sería suficiente.