Hace ya una buena tanda de años, mi hijo quiso hacer la primera comunión con sus compañeros de clase, y lo llevamos a la catequesis de los capuchinos. Allí, un cura muy perspicaz les hablaba del hijo pródigo y les preguntaba quién creían ser ellos, si el manirroto que se va de casa o el bueno que se queda. Y, claro está, todos se identificaban con el segundo. El cura se reía y nos comentaba por lo bajo: «No se dan cuenta de que son ambos». Eso estoy pensando con todo el mal de estos días. Los vascos que apoyan a los asesinos, los asesinos que no se arrepienten, la alimaña de Córdoba, los agresores de la pareja de ancianos de A Cañiza o los políticos corruptos. El desprestigio de estos últimos a llegado a tal punto que un famoso locutor deportivo, retransmitiendo la vuelta ciclista, al hablar del caso Armstrong, bramaba indignado a un compañero: «No me compares a los políticos con los ciclistas; a los deportistas que tanto se esfuerzan con los que solo están para robar». Así, sin paliativos. Pero el que percibe el paro y trabaja por su cuenta, el que defrauda el IVA -que ahora, claro está, defrauda tres puntos más-, el que va en coche a 140, el médico que cobra en B? esos, ya son un poco más usted y yo, ¿a que sí? Y mientras, en este país hemos dejado demasiado en manos de los políticos nuestras vidas. Pero ese también es nuestro pecado: votar, por ejemplo, a un Baltar porque nos soluciona la vida.