La subasta

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

08 sep 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Había decidido escribir acerca de la distancia que existe entre el siglo de las luces y el siglo de las viejas y entrañables bombillas de Edison que iluminaron el siglo XX y que han sido vetadas por la Unión Europea, que ya solo admite, en los años duros de la austeridad , las luminarias de bajo consumo. No es un réquiem, es un recuerdo, un apunte sentimental para los artilugios eléctricos que acompañaron mis noches de infancia llenando de luz las páginas de Stevenson, Verne o Salgari que poblaron de fantasía todos mis sueños.

Pero no, opto por escribir la columna que sostiene otros temas, acaso más vulgares y tediosos, repetidos, reiterados hasta la saciedad en esta selva mediática donde no encontramos lianas para saltar de árbol en árbol. Madrid, la ciudad que hizo y hace del rumor un género, aupado por los confidenciales de la Red, vive la euforia del día después, como si la señora Merkel recibiera en Hendaya a Rajoy y la prima de riesgo huyera asustada perdiendo ciento cincuenta puntos en el camino.

Yo sigo la precampaña gallega, que me interesa notablemente, y en donde parece que el tiempo se hubiera detenido sin que nada ocurriera en este convulso cuatrienio que media entre el fin del Gobierno bipartito y la convocatoria de nuevos comicios.

Vuelven las subastas, la corte de los milagros, las galas del difunto, las tómbolas de feria y entre el insoportable desprestigio de la clase política, la demagogia que se obstina en minar los cimientos de la democracia, el patético espectáculo de ver cómo los políticos -y tú más- se tiran los salarios, primas y dietas, a la cabeza. Va creciendo, multiplicándose, el fantasma de la abstención.

He leído cómo las promesas imposibles se convierten en titulares. 25.000 puestos de trabajo para los jóvenes, libros gratis para los escolares, banca pública? Aún no se ha dado la salida y ya comenzó la subasta. Asisto perplejo a sumas contra natura que juntan en el mismo cartel a comunistas, nacionalistas heterodoxos, y galleguistas nostálgicos, a la nueva imagen de francotiradores nominalistas, debutantes sin partido y a partidos sin candidatos.

Galicia se subasta, subasta pública en tiempos que yo creo son difíciles.

Y le diría a Feijoo, que en su programa y en su praxis prevalezca la verdad porque la honestidad se la supongo y cuente a la ciudadanía no lo que los gallegos queremos oír. Que radiografíe el estado de la cuestión y que subraye el «compañeros somos pobres», el se acabó Galicia en el país de las maravillas, y no ponga fechas a la luz que ilumina el final del túnel.