El bombero Gallardón

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

06 sep 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

El ala dura del Partido Popular puede estar contenta y lo está. El torrente de alegría se ha desbordado y ha llegado incluso a Rosa Díez, que le increpa al ministro del Interior: «Espero que ahora no acuse al fiscal de prevaricar». Es que el ministerio público ha recurrido la libertad del etarra Bolinaga, y lo hizo con bastantes de los argumentos utilizados por la opinión publicada más opuesta a esa libertad. Entre ellos, que ese odioso tipo no se arrepintió de sus crímenes. Pero lo que son las cosas, señores: el fiscal pide que sea la Sala de lo Penal, y no la Sección Primera de la Audiencia Nacional, la que tenga la última palabra. ¿Y saben por qué? Porque la sala está dominada por conservadores y la sección por progresistas. Permítanme pensar que, si esa es la intención del fiscal Javier Zaragoza, aquí tenemos dos justicias. Si juzgan los conservadores, Bolinaga solo obtendrá, como máximo, el tercer grado. Si juzgan los progres, es posible que salga en libertad. Pocas veces se habían visto tan claras las tripas judiciales.

Y a todo esto, ¿dónde está el Gobierno? Pues ya tenemos también dos actitudes. Para consumo progresista tiene al ministro del Interior, el atacado por Mayor Oreja. Para consumo conservador, hizo su aparición el ministro de Justicia. Dice la costumbre que los Gobiernos nunca comentan decisiones del ámbito judicial, pero a Ruiz-Gallardón le faltó tiempo para bendecir el recurso del fiscal, pero con un sutilísimo matiz: el malo de esta película es el juez, no el ministro del Interior. El juez lo hizo fatal con su auto de libertad; el ministro lo hizo muy bien con el tercer grado. Es decir, que no arrepentirse de crímenes vale para una medida humanitaria de gracia, pero impide excarcelar.

No es mala tesis, pero permítanme pensar de forma algo perversa. Aquí no ha funcionado el ministro de Justicia, sino el bombero llamado Ruiz-Gallardón, que mira piadosamente a Fernández Díaz y le dice: «Entre ministros no nos pisemos la manguera». Como ayer anotamos, se estaba abriendo una grieta en el Gobierno y en su partido que empezaba a amenazar al mismísimo presidente. Y en esta representación política, el ministro de Justicia se propuso salvar a su colega de Interior. ¿Cómo? Montando una leyenda de decisión política buena y decisión judicial maligna. No es creíble, porque cuando Mayor Oreja se cabrea, no lo hace con el juez, sino con el ministro; pero es eficaz. ¿Y qué gana Gallardón con esto? Dos cosas. La primera, prestar a Rajoy un servicio de fino corte florentino. La segunda, ganar puntos entre quienes todavía no se fían de sus ideas. Y la verdad es que lleva acumulados muchos puntos. Tantos, que empieza a ser el gran referente conservador.