D espués de crear el banco malo, al que le vamos a encomendar todos los marrones de una banca mal gestionada y de la orgía especulativa a la que nos condujo la burbuja inmobiliaria, propongo que creemos también un «Gobierno malo», para encomendarle todas las decisiones que son necesarias para reordenar el sistema, y que ningún Gobierno bueno quiere tomar. Igual que el banco malo, el Gobierno malo sería transitorio -una legislatura sería suficiente-, y, al no presentarse a las elecciones, tampoco estaría preocupado por las decisiones más o menos informadas y sinceras que los ciudadanos pudiesen tomar en respuesta a la cirugía general que España necesita.
Si el banco malo puede acumular todos los activos tóxicos para liquidarlos o hacer drásticas quitas es porque no trabaja para los clientes, sino para el sistema financiero, y por eso se puede permitir lujos y medidas que un banquero ordinario no podría soportar. Si necesita pasta se la pide al FROB, y si finalmente gana dinero, cosa que también suele suceder, al FROB se lo devuelve. Y mientras tanto nos hace a todos un favor inestimable, por más que Rajoy haya tardado tanto tiempo en darse cuenta de que las cosas malas son a veces imprescindibles.
Mi invento del Gobierno malo funcionaría de forma parecida, ya que, constituido en paralelo al Gobierno bueno, y con un plazo determinado, sería competente en todo lo que los Gobiernos corrientes no se atreven a resolver. Así, por ejemplo, le tocaría al Gobierno malo liquidar las instituciones financieras inviables; subir los impuestos, tasas y precios; liquidar las deudas de los gestores autónomos, aunque se llevase por delante a dichos gestores y abriese paso a abundantes privatizaciones. También debería afrontar la reordenación eficiente del sistema sanitario, la reducción de las universidades, el cierre de chiringuitos administrativos, la política energética y cosas así. En términos estructurales, el Gobierno malo también debería afrontar la reducción de comunidades autónomas y municipios, suprimir las diputaciones y todos los entes intermedios -comarcas, áreas metropolitanas, mancomunidades, comarcas y behetrías- generados por la incapacidad de afrontar el diseño de una nueva planta municipal. Y muchas otras cosas.
Finalmente, cuando todo estuviese en su sitio, disolveríamos el Gobierno malo y volveríamos sus competencias al bueno, con la esperanza de que tardase al menos treinta años en estropearlo otra vez. Y así podríamos tener a Rajoy de presidente mucho tiempo. El único problema es que para hacer un Gobierno malo se necesitan políticos y gestores excelentes, buenos patriotas, y con capacidad para reintegrarse luego a sus respectivas profesiones. Es decir, se necesitan gentes como Mario Monti. Y eso, en España, no existe, porque los partidos los han devorado.