P or ensalmo electoral, los astros de la urna se confabularon para reunir en Galicia, cada uno por su lado, a Pérez Rubalcaba y Rajoy Brey. Ambos llevan en política casi toda su vida. Ambos han gestionado varios ministerios. Hasta aquí un par de semejanzas; ahora, las divergencias. Uno, que ha llegado a la presidencia del Gobierno, es gallego; el otro, no. Uno ha conseguido los mejores datos electorales de su partido (186 escaños), el otro los peores (110). Los dos visitaban Galicia para apoyar a los suyos. Rajoy al que es el indiscutible líder del partido en que milita, al que arropa toda la militancia, Alberto Núñez Feijoo; Rubalcaba ha venido para que Vázquez fuese refrendado, por aclamación, como candidato. Dicen lo de siempre, lo mismo que en su nefasta campaña de las elecciones generales; que se va a ganar, que están preparados, que tienen la solución; ellos, que fueron los que nos metieron en este callejón de las ruinas.
Yo, que he seguido con perplejidad la carrera política de Manuel Vázquez, contemplaba el espectáculo con un libro sabio entre las manos: los Ensayos de Montaigne. Y lo hacía porque en momentos de agitación, el sosiego que otorga la lectura de Montaigne seduce mi espíritu más que la foto de Vázquez y Rubalcaba. Dice Montaigne, citando a Teofrasto, que los oídos son el instrumento más peligroso que tenemos. Por los oídos entran las alabanzas, y también vestigios de los dicterios. Para Vázquez solo valen los primeros. Él ha resistido y ha llegado a disputar la carrera electoral. Atrás quedan ecos, y palabras, de todos los que no lo quieren, que son muchos de los que ahora le aplauden. Al PSOE le falta la autocrítica. Y cuando falta la autocrítica, falta la verdad.
A las puertas de las elecciones, Galicia se debate entre dos proyectos. Uno, definido. El otro (nacionalista y socialista), en permanente confusión y zozobra. La visita de Rubalcaba, el candidato menos votado de la reciente historia socialista, ha vestido con aplausos a Vázquez, a quien casi nadie aplaudía hace un par de meses. «No comprendo», escribió Montaigne en el techo de su biblioteca.