Después de tanto barullo, tanta manifestación y tanta protesta, lo de las participaciones preferentes queda medio arreglado. A los que se las encasquetaron se les adjudican las pérdidas que se produzcan, que es la forma más democrática de socializar las catástrofes. A los que les falsificaron las firmas y a los que engañaron miserablemente se les carga con las tropelías.
La decisión es la más razonable y lógica después de ver lo que se ha hecho con la desfeita bancaria. Somos los pinganillos los que pagamos la incompetencia, los desmanes, los yates, las excursiones y las jubilaciones de sus directivos. Y a día de hoy, que no tenemos ni para cirios, seguimos haciendo frente a sus deudas. Y tan contentos.
De poco sirve que este Gobierno acabe de reconocer, con una nueva y estricta regulación futura, que lo que las preferentes fue un atraco cometido por ladrones y malhechores disfrazados de banqueros y bancarios. De poco sirve. Como lo más fácil es tirar por el camino del medio, se aplica la resolución de que encima de burro, apaleado.
Lo que se hace parece pues lo más razonable. No van a responsabilizar del engaño a esos que todos tenemos en mente y que tan bien cuidado de nuestros dineros. Bastante tienen los pobres con no poder seguir disfrutando de las canonjías que les habíamos concedido.