Ya se sabe que todo lo que va mal puede empeorar. Si el otoño ya se presentaba duro con la más que previsible petición de rescate, y los consiguientes recortes derivados, ahora se complicará aún más con la batalla electoral. El escenario propicio para que se disparen la demagogia y el populismo. Justo todo lo contrario de lo que necesitamos. España se juega su futuro en los próximos meses, lo que requiere un debate sereno sobre los males del país y la forma de superarlos. Y se necesita, sobre todo, del concurso de todos remando en la misma dirección. Pero los presagios indican lo contrario. No solo habrá victoria nacionalista en el País Vasco, sino que la competencia entre el PNV y los herederos de HB augura una radicalización soberanista justo cuando el Estado de las autonomías está en cuestión y la cohesión territorial es más importante que nunca. La deriva centrífuga del nacionalismo vasco y catalán es una bomba de relojería que puede estallar en el peor momento. Y la tormenta aún puede ser peor si Feijoo agota la legislatura. Encadenar dos campañas amenaza con semiparalizar el país y puede distraernos de lo esencial. Son unas elecciones de altísimo riesgo en el momento más peligroso para España.