Andan molestas las autoridades de Gandía por un programa de televisión que invita a ocho macizos a exprimir el tópico turístico que con tanto primor se ha construido en muchas zonas de España. Hablo de esa configuración de algunos sitios como destinos alcohólicos y sexuales a precio de saldo.
La etiqueta cuelga de muchas localidades del Mediterráneo español a las que hemos visto literalmente tomadas por hordas de borrachos venidos del norte que durante años fueron invitados a hacer el burro por el precio de una pinta. Un todo incluido destinado a seres mutantes que consumían sus vacaciones en estado de coma sin saber muy bien si el sol que aparecía al amanecer iluminaba España o la Baja California.
Esta inexplicable estrategia turística facilitó la degradación urbanística de kilómetros y kilómetros de costa, estimuló la burbuja inmobiliaria y convirtió una franja marítima privilegiada por la naturaleza en un aparcamiento de jíbaros.
La gran paradoja de esta historia es que este modelo brutal que perseguía el enriquecimiento rápido a costa de lo que fuera menester no ha servido para mantener bajo control la crisis. Ahí está la Comunidad Valenciana pidiendo el rescate económico y emergiendo como el gran símbolo de un país alocado que ahora no encuentra un tratamiento adecuado para la resaca. Gandía shore no es solo un reality chabacano más de los muchos que cada día se emiten en televisiones de todo el mundo. Viene a ser la grotesca representación de tantas cosas inexplicables que acontecían a nuestro alrededor. Como esos mutantes en coma etílico.