Nadie ha sido capaz de correr los 100 y los 200 metros tan rápido como Usain Bolt, el genio de la prolífica cantera de velocistas jamaicanos. Cuatro años atrás, consiguió tres medallas de oro en pruebas atléticas, algo que no sucedía desde que lo lograra Carl Lewis en 1984. En Londres puede repetir la hazaña. Cada una de sus actuaciones en la capital londinese se cotiza a precio de oro. Ningún otro especáctulo es capaz de despertar tanta atención en menos tiempo. Cada una de sus carreras es una acontecimiento que trasciende al puro deporte. De niño, su rápido crecimiento y una alimentación desequilibrada le provocaron una escoliosis que no se le detectó hasta que tenía 15 años. Bolt es puro talento. Tiene tan poco que ver con las inmesas masas musculares forjadas en los laboratorios como con los atletas que alimentan sus logros en esforzadas jornadas de 25 horas. Si se decidiera a trabajar en serio limaría algunas de las lagunas técnicas que frenan registros del siglo XXII. Pero, eso sí, dejaría de ser Usain Bolt.