Austeridades

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

OPINIÓN

01 ago 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Hasta el plasma de la tele del bar de carretera parece hervir al calor de las imágenes del verano italiano. Pero algo falla en los tópicos estivales. Una porción de playa está superpoblada, con apenas arena a la vista, mientras que el resto es un desierto, un jardín inerte de tumbonas vacías en el que solo dos personas descansan al sol. La explicación, las barreras entre lo público y lo privado. En Italia los arenales se dividen en parcelas con alambradas o redes que se meten en el mar. Los chiringuitos, hoteles y restaurantes de turno explotan y cuidan su correspondiente pedacito de costa, que está reservado para sus clientes. De esta tarta, solo un pequeño trozo es de uso gratuito, con lo que basta una toalla para conquistar territorio. Los italianos explican ante la cámara que, con la crisis, son muy pocos los que pagan para encontrar un lugar bajo el sol. De ahí la desequilibrada estampa playera, con la llamada clase media comprimida en una esquina. Pero no todo el paisaje vacacional se resiente por las finanzas. Para tranquilidad de Occidente, gigantescos yates siguen formando parte de la postal de verano del sur de Europa. Bajo banderas de conveniencia o inconveniencia, lucen en bahías paradisíacas, haciendo sombra a barcos más discretos. Desde los puertos se atisban mucamas varias, chefs y pudientes cachorros cultivando precisamente la cultura del esfuerzo. Quizás sea demagógico incomodarse por lo ostentoso de estos barcos. Aunque la dosis de demagogia probablemente no sea proporcional al cinismo de los propietarios de estos monstruos del lujo que exigen austeridad al ciudadano de a pie. Que los habrá. Y que irán viento en popa.