Ruinas

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

OPINIÓN

En el suelo empedrado descansa un plato con monedas. Un niño toca el acordeón en la calle. La estampa en sí y la melodía que arrastran los pequeños dedos coge a contrapié el aire festivo de los turistas, que trasiegan bolsas, conversaciones y sonrisas. La música es triste. Y más si suena en Grecia. Allí los músicos callejeros saben que a estas alturas de hecatombe les es más fácil conmover que alegrar. El visitante contempla ruinas de Grecia y Grecia en ruinas. Bajo la piel de las rutinas, de los coches que no se detienen, la mecánica del cambio de guardia y las terrazas bulliciosas late el susurro de la crisis. La Acrópolis emerge como una gigantesca metáfora de principios y fines, de cimientos arrasados. En los bancos asoman los chalecos azules de la seguridad privada, iguales a los que se pasean por las estaciones. Una ironía que al final sean los mismos los que protejan una sucursal del Royal Bank of Scotland que los que vigilan la parada que conduce a la plaza Sintagma.

Lo que sucede en el mapa del mundo se reproduce ahora en Europa. El Sur se hunde y el Norte se ve más alto. Ciertos países parece que van camino de quedarse reducidos a parques temáticos más baratos, porque hay más desesperación por vender, enseñar, ofrecer. Las playas y monumentos low cost de Europa. «¡Que los griegos vendan sus islas!», llegaron a pedir medios sensacionalistas alemanes. Los helenos también podrían reclamar derechos por la patente de los Juegos con los que se lucran algunos olímpicamente. Unos arriba y otros abajo, ahogados. Un paisaje relajante para los que van viento en popa. Pero un barco en pleno naufragio.