Todo es poco

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

OPINIÓN

Buscar y esperar tiene su encanto. No hace tanto tiempo costaba mucho hacerse con una canción. Cuando la música brota de los surcos del vinilo todavía suena de fondo el ronroneo de la nostalgia de saber que un disco era la isla del tesoro, una reliquia sonora antes incluso de que el tiempo lo santificara. Ya con la casete en manos del ciudadano medio, cazar al vuelo una melodía de una emisora de radio para grabarla en una cinta bautizada como «Varios» exigía la paciencia del que busca la pepita de oro en el río y el reflejo del depredador. Ahora en la Red, más allá de la piratería, basta con teclear unas palabras y esperar. Porque se supone que todo está ahí. Aunque ese todo tiene sus problemas por inabarcable. Como ese bufé libre de hotel en el que el ávido comensal dispone de un arsenal gastronómico y, aunque pruebe la mayor parte de lo que ve, no acaba ningún plato. Comida rápida. Rápida oferta, rápido consumo. Menos romanticismo.

Más eficiencia. Pero florecen teorías que aseguran que el mar de Internet no favorece la digestión pausada de lecturas profundas y que en estos desagües se pierde la capacidad de concentración. Twitter es uno de los paradigmas del picoteo. En sus dosis de 140 caracteres caben pequeñas genialidades y grandes noticias. Con olas microscópicas desencadena tsunamis capaces de la rebelión, la crucifixión y también la ficción con envoltorio de realidad al estilo de La guerra de los mundos. Puede matar a Fidel Castro, tejer la certeza de un fichaje tan millonario como inexistente o difundir un falso levantamiento en Portugal. Y si la avalancha atrapa al propio creador de la bola de nieve, siempre queda aquello de que han sido los niños...