Y a está hecho. El Consejo de Ministros aprobó lo anunciado y se acabó toda esperanza. Falta el trámite parlamentario, y todos seremos más pobres: los consumidores con su IVA, los parados con su mordisco, los funcionarios con su castigo. Incluso la buena gente que atiende a dependientes y desvalidos verá reducido su nivel de vida. Si Soraya Sáenz de Santamaría definió este momento como «uno de los más difíciles y traumáticos de la historia reciente», ignoro si estaba definiendo el pasado, la situación actual o el futuro que nos ponen por delante.
Pasado el primer impacto de las medidas, hay que decirles a los ministros y a su presidente, nuestro presidente, que antes de seguir deben echar un vistazo al estado de ánimo del país. El Gobierno, sin duda con la mejor intención, ha encontrado el arte de no satisfacer a nadie. Entre todas las opiniones leídas o escuchadas en estos tres días, solo una resultó elogiosa para el recortazo fuera del agradecido ámbito del PP: la del presidente de la patronal CEOE, señor Rosell, que se lanzó a los micrófonos a expresar su entusiasmo con lo que todo el mundo repudiaba. Visto lo que ayer publicaba aquí el editor de este diario, don Santiago Rey, y escuchados empresarios de los más diversos sectores, ignoro qué criterios representa Rosell para alentar con ese entusiasmo el afán recaudatorio-recortador.
Hoy se puede decir más que nunca que este equipo está gobernando en contra de la opinión pública, a la que se entiende poco capacitada para organizar su recuperación. Ese equipo tiene una sólida y ruidosa mayoría parlamentaria. Tiene un inmenso poder territorial. Pero las decisiones más trascendentes «en el momento más traumático» se adoptan sin asistencia de la sociedad, con el argumento de la herencia agotado y consumida la queja de la falta de libertad para decidir. Piense en eso, señor Rajoy. En democracia no se puede gobernar a espaldas de la opinión. Cuanto más traumático es el momento, más necesaria es la colaboración social. No bastan las soluciones técnicas, faltas de toda humanidad.
Si es que se palpa en la calle, leñe. Es cierto lo que dijo Cayo Lara, y bien que lo siento: huele a gasolina. Protestan los funcionarios. Se insulta al presidente. Se prepara un otoño caliente, donde la huelga general ya no parece un capricho de los sindicatos, sino una demanda popular. Y, sobre todo, en las conversaciones privadas se escucha la voz del pesimismo, el desaliento, el miedo al futuro y se palpa el pánico al empobrecimiento. A la incertidumbre económica se une el desaliento social. Es un estado de cabreo generalizado. Si alguien acierta con la cerilla del conflicto, hay ingredientes para temer el incendio y la revuelta.