La metáfora del enfermo de edad avanzada que padece a un tiempo varios males es ideal para entender la naturaleza de la crisis económica que, sin tregua ni respiro, atraviesa este país. Y es que tal tipo de pacientes tienen una particularidad fundamental: que la medicación que les va bien para una cosa suele sentarles como un tiro para otras, de forma que ajustar el tratamiento para que todo -males y remedios- quede razonablemente equilibrado puede acabar por ser una tarea de titanes.
En España hay que reducir el déficit, sin duda, pero ello significa disminuir el gasto en inversión y por tanto el crecimiento, lo que afecta al número de empleados y al consumo de la sociedad, variable que influye, a su vez, en el propio crecimiento, en consecuencia en la recaudación fiscal directa e indirecta y, en fin, en la capacidad de gasto de las Administraciones públicas. Unas Administraciones que, sin embargo, no pueden gastar sin tener en cuenta el dato esencial de que para hacerlo han de endeudarse en un mercado que presta el dinero a unos precios sencillamente infinanciables.
Por otro lado, la reducción del déficit público mediante el despido de empleados o la reducción de salarios sabemos de sobras a qué lleva: a que aumente el paro -y, por tanto, la factura descomunal de la protección al desempleo- y a que baje el consumo, sin cuyo relanzamiento no saldremos del círculo vicioso que nos tiene atenazados: el de la recesión a la que conducen las medidas destinadas a embridar la deuda y el del aumento de la deuda como consecuencia de la factura del paro y de la caída de la recaudación tributaria nacida de la situación de recesión.
Hay un dato muy relevante, sin embargo, que añadir a este panorama ya desolador. Por seguir con la metáfora, que nuestro enfermo está siendo tratado de forma simultánea por varios facultativos, que además de hablar lenguas distintas, lo que dificulta que se entiendan entre ellos, tienen intereses diferentes: unos buscan la fama para seguir el frente de sus servicios respectivos, otros defender los intereses de los laboratorios que les presionan para que receten este o aquel medicamento, y otros, en fin, extender su poder en el consejo de doctores.
¿Conclusión? Que es difícil encontrar una tormenta económica perfecta más difícil de tratar y hallar, al propio tiempo, un procedimiento más errático para combatirla con acierto y decisión. Y, lo que no es menos importante, con la conciencia clara de que sus paganos principales no son los Gobiernos, ni la Unión Europea, ni la troika, sino los ciudadanos de a pie que padecen espantados por la crisis y la falta de perspectivas de que veamos su final. Cuando hay una enfermedad, el que sufre de verdad es el paciente, por más solícito y solidario que sea, cuando lo es, el médico que trata de curarlo.