La nueva e inminente ración de eso que llaman recortes hundirá un poco más en el desánimo a una ciudadanía que atisba como primera consecuencia de la andanada de medidas otro tirón hacia arriba de las cifras del paro. Unas cifras cuyo elevado nivel hace presagiar un recorte en las prestaciones que se pagan por mantener inactiva a una parte sustancial de la capacidad de trabajo de España, donde cada día hay más talento desperdiciado.
Con un menor número de trabajadores en activo y mayor de parados con menos subsidio lo previsible es que caiga aun un poco más el consumo, las empresas ingresen menos y se produzcan nuevos despidos, alimentando el círculo vicioso de la continuada caída de la economía productiva.
Y tan siquiera les quedará a quienes vislumbran tan sombrío panorama el consuelo de un gesto solidario de los que respaldarán como imprescindibles esas medidas ni de algunos de los que las criticarán, en ambos casos desde la comodidad de sus escaños, mientras siguen disfrutando de unos salarios autofijados y no recortados, de viajes gratis y otras prebendas, y no han movido un dedo para recortar otros gastos cuya reivindicación suena ya tan vieja como los del Senado o las diputaciones, la reducción de escaños en los Parlamentos autonómicos, la racionalización del número de ayuntamientos, el ventajoso trato fiscal de las grandes fortunas o las amnistías para defraudadores.
No arreglaría el problema, pero al menos no seguiría aumentando la sensación de que siempre pagan los mismos, mientras otros ven los toros desde unas cómodas barreras.