Desde que Rajoy llegó a la Moncloa prácticamente todos los indicadores económicos han empeorado, con la prima de riesgo y los bonos a diez años en cifras récord. Ni siquiera ha podido enderezar el déficit, el principal objetivo de su política de recortes. De Guindos confirmó ayer que la recesión se agrava, como ya había adelantado el Banco de España. Y, en paralelo, crece la destrucción de empleo. Una situación económica gravísima y cada vez peor.
Pero había algo que no podía esperar. El presidente llegaba a la cumbre de Bruselas con el agua al cuello. España estaba al borde del abismo, del rescate total, asfixiada su capacidad de financiación, a punto de ser sacrificada en el altar de los implacables mercados. Y sucedió lo que pocos esperaban. Aliado con el tecnócrata Monti, que demostró más habilidad que muchos políticos, Rajoy salvó el match ball y se apuntó el mayor éxito, el único, de su mandato. Con la inestimable ayuda del socialista Hollande. Es cierto que falta concretar los detalles, que la recapitalización directa de los bancos no llegará hasta diciembre y que tendrá importantes contrapartidas, pero se trataba de salvar la catástrofe inmediata, un lunes de pesadilla en el que, si la UE no hubiera actuado y lanzado un mensaje de respaldo al euro, la prima de riesgo se habría disparado hasta la estratosfera. Pero caer en el triunfalismo sería un craso error. España solo ha salvado una bola de partido, pero habrá más. Merkel ha cedido cuando ya no se podía tensar más la cuerda, porque dejar a España e Italia a merced de los tiburones habría sido fatal para el euro. Y eso de que fue la gran perdedora de la cumbre está por ver.