H ay dos frases en la crónica de España que se parecen y, sin embargo, muestran una diferencia sideral de percepción de la doliente realidad del país. Una es del presidente y editor de este diario, Santiago Rey, extraída de su artículo de ayer: «Si [los políticos] tomasen en serio los problemas de España, sabrían que hay instituciones obsoletas que pueden borrarse de un plumazo». La segunda es del presidente del Gobierno y la dijo pocas horas después de publicarse ese artículo: «Hay muchas instituciones públicas que ni siquiera pueden financiarse».
La frase del señor Rey es la de un hombre neutral que observa el panorama y entiende que todos los sacrificios recaen sobre el ciudadano, mientras los poderes públicos son incapaces de frenar su derroche, y esa es la causa de la ruina nacional. Hay muchas reformas, muchos impuestos, muchos recortes, pero todavía no se ha visto una iniciativa de creación de riqueza y empleo. La del señor Rajoy es la de un administrador al que le preocupan los intereses que tiene que pagar por la deuda soberana y su inquietud fundamental es que le salgan las cuentas. El conjunto del artículo del señor Rey propone soluciones internas para evitar la quiebra. Las declaraciones del señor Rajoy muestran a un gobernante que confía básicamente en el auxilio europeo para hacer frente a los pagos.
¡Qué frases más parecidas y qué distancia en el pensamiento! La misma distancia que existe entre la España real y la España oficial. Lo inquietante es que, habiendo «muchas instituciones públicas que ni siquiera pueden financiarse», siguen existiendo. Ahora tenemos derecho a pedirle al presidente que nos diga cuáles son, dónde están y cuáles son sus servicios. ¿Están en la Administración central? ¿Son órganos del Estado? ¿Estará pensando, quizá, en alguna comunidad autónoma? Si yo fuese Rubalcaba, esa sería mi primera pregunta en la próxima sesión de control. Un presidente del Gobierno no está para lamentar el estado de las instituciones, como si fuese un tertuliano, sino para resolver sus problemas. Y algo más: una cosa es esperar que Europa nos ayude, y otra asumir la responsabilidad que corresponde al Gobierno.
Cuando hago estos comentarios de texto, un rumor inunda los despachos: muchos gabinetes económicos trabajan sobre la hipótesis de que España podría ser intervenida en septiembre o en octubre. Ni lo creo ni lo dejo de creer. Únicamente digo: como haya un rescate de España, los hombres de negro nos dirán muy claramente y sin derecho a réplica dónde hay que recortar, qué organismos cerrar y qué caprichos sacrificar. Quién sabe, querido Santiago Rey, si esa sería la solución. Triste, penosa, fracaso colectivo, pero también la necesaria autoridad.