Uno escribió, oceánico, una de las novelas fundamentales de los cincuenta. Aún se conserva el rollo de papel de proyectos de arquitectura en el que mecanografió a la velocidad del rayo En el camino. Jack Kerouac fijó el ansia de libertad como pocos. El otro publicó el épico Aullido que dedicó a Carl Salomon, con unos versos que pusieron patas arriba las conciencias. Allen Ginsberg era amigo de Jack Kerouac, y de Burroughs, y de Neal Cassady. Toda una época y un estilo de vida y de escribir de la literatura americana. Mientras Estados Unidos seguía buscando la gran novela americana, este grupo rompía moldes. Ahora se publican en España las cartas entre Jack Kerouac y Allen Ginsberg, una correspondencia que no dejará indiferente a nadie, entre dos tipos tan volubles. Siempre es difícil tomarle la temperatura a un genio. Los volcanes es lo que tienen. Hoy, cuando ya casi nadie escribe cartas (todos son veloces correos electrónicos), parece que se revaloriza el género epistolar, en el que muchas veces se abrían los corazones como latas. Dice en una de las misivas Kerouac a Ferlinghetti, en el año 61: «Llegará un día en que las cartas de Allen Ginsberg a Jack Kerouac harán llorar a América».