La tranquilidad ha dominado el proceso electoral del pasado jueves 10 de mayo en Argelia. En la memoria de todos los argelinos, la debacle que siguió a los comicios del 26 de diciembre de 1991, cuando una aplastante mayoría del Frente de Salvación Islámica logró 231 de los 431 asientos. Temiendo que un Gobierno islámico se pusiera al frente del país, el Ejército forzó la dimisión del entonces presidente, Chadli Benyadid, e inició una guerra contra ellos que duraría hasta el 2002. La guerra se dio por finalizada, pero los atentados terroristas islamistas siguen produciéndose de vez en cuando, un recordatorio muy vivo de las casi 200.000 víctimas del enfrentamiento armado.
El Frente de Liberación Nacional, el FLN, el partido constituido en 1954 para contrarrestar la ocupación francesa y que salió victorioso tras una terrible guerra de independencia de ocho años, lleva en el poder en el país desde entonces y no parece que vaya a abandonarlo a corto plazo, a la vista de los cuestionados resultados en las últimas elecciones, en las que han obtenido 220 escaños. A diferencia de los vecinos Túnez, Libia y Egipto, inmersos en la convulsa transición a una democracia real, tras la llamada primavera árabe, Argelia ha vivido algunas manifestaciones poco numerosas y algunos altercados aislados. No es que el país no desee un cambio ni que la situación económica sea mejor que la de sus hermanos magrebíes y árabes, pero los argelinos están agotados tras más de una década de guerra y dos de terrorismo.
De momento, el FLN ha acallado las protestas con algunas concesiones, como la supresión del estado de emergencia tras 19 años, el mantenimiento de los subsidios a los alimentos básicos y la concesión de algunas libertades. Cuánto podrá anestesiar la primavera argelina dependerá de si es capaz de evolucionar hacia una democracia de verdad o no.