Esta es la historia de un héroe y un villano. El héroe inmaculado se llama Pep, el perverso villano responde al nombre de José. Durante dos años han mantenido una épica y agónica lucha que ha ido mucho más allá de lo estrictamente deportivo y que muchos han visto casi como un enfrentamiento maniqueo entre el bien y el mal. A Guardiola se le atribuyen toda suerte de cualidades, y no solo como entrenador: inteligencia, humildad, contención, deportividad, elegancia, liderazgo, amabilidad. La admiración que suscita es propia de un santo laico, un gurú o un maestro zen. Sería lo más parecido a la perfección hecha hombre, un ejemplo a seguir. Mourinho es desabrido, irritable, quejica, faltón, maleducado, despectivo. El eterno enfadado. Ni el propio Belcebú sería tan malvado. Su apabullante historial, coronado con una liga de ensueño, se deja en muy segundo plano.
No importa que Guardiola haya decidido abandonar su club cuando empieza a perder tras un ciclo glorioso o que ponga en cuestión la competición denunciando a su modo una supuesta conspiración arbitral. Nadie le llama desertor ni mal perdedor ni le recrimina que no haya ganado ni Liga ni Champions al frente de uno de los mejores equipos de la historia. Hasta en la derrota ha triunfado. Como un ilusionista, ha transformado su peor temporada en una despedida apoteósica. Solo ha perdido cinco títulos en cuatro años. Tres se los arrebató Mou. El malo por antonomasia a quien odiar. El villano ha acabado ganando la partida en la Liga, pero Guardiola sigue siendo el héroe. Sin Pep ya nada será igual. Mou no tendrá enfrente a alguien que esté a su altura. Al bueno de la película.