E l último sondeo del Centro de Investigaciones Sociológicas es expresivo de la situación en que nos encontramos. El PP baja unos puntos, el PSOE sube unos menos quedando en una diferencia de once, lo que supone asignar al primero más del 40 % de los hipotéticos votos y al segundo más del 28 %. El presidente Rajoy baja cuatro puestos en el ránking de los líderes, todos los cuales suspenden. Se aprecia un desgaste debido a la dureza de las medidas adoptadas. Casi la mitad de los consultados opinan que la gestión del Gobierno es mala o muy mala; pero no existe alternativa. El PP cuenta con mayoría parlamentaria absoluta, y no tiene apremio, ni necesidad alguna para convocar elecciones cuando la legislatura está todavía en sus comienzos. La situación no es comparable a lo que ocurrió en Portugal o acaba de ocurrir en Francia o en Grecia, ni tampoco a la de Italia, o la que preocupa a Obama después de la derrota de Sarkozy. A diferencia de Berlusconi, Rajoy es un gobernante aplicado en cumplir los compromisos europeos y es líder indiscutido en su partido: no hay recambio.
El sondeo no revela entusiasmo en la ciudadanía. Sería irracional pedirlo. Podría decirse que la sociedad se encuentra atrapada por su decisión mayoritaria de otorgar la confianza al PP y, en particular, a Rajoy. Es cierto que las valoraciones de la sociedad manifestadas en sondeos no obligan jurídicamente, pero no son inocuas y en un sistema democrático desconocerlas es una imprudencia que se paga al contado o a plazo. En la circunstancia, de hecho excepcional, que vivimos cobran mayor relevancia. Con razón y evidente fuerza dialéctica es sostenible que la mayoría parlamentaria absoluta no puede negarse por manifestaciones en la calle. Pero el presidente Rajoy, con buen sentido, al reiterar en su última comparecencia en el Senado su determinación de insistir en las reforma, habló de contar «con el calor de los ciudadanos». Si eso es así, y debería serlo para todo el que tiene funciones de liderazgo, habría que tener en cuenta la temperatura, que malo es el enfriamiento de la sociedad y peligroso su acaloramiento, aunque aquí no se vislumbra la emergencia de radicalismos de distinto signo como se ha registrado en las elecciones francesas o griegas.
El sondeo merece que se reflexione sobre las reformas emprendidas y el modo en que se han dado a conocer a los ciudadanos. No está en discusión que vienen ocasionadas por la difícil travesía en que estamos embarcados. Son muchas, profundas y en muy poco tiempo. Cabe pensar si algunas medidas, que implican una limitada disminución del gasto y han tenido una muy generalizada opinión adversa, no podrían haberse pospuesto. Es significativo que la Xunta de Galicia trate de minimizar el coste social que causa la aplicación de varias en materia de sanidad y educación. Núñez Feijoo no puede descuidar la imagen. Se jugará la presidencia en las próximas elecciones, aunque si creemos a los sondeos no será real la alternativa.