Mientras en el resto de España unos hacían balance de la burbuja financiero-inmobiliaria con aprobado alto (catalanes y, sobre todo, vascos) y otros con un suspenso muy aireado (las cajas gallegas), en Madrid predicaban una cosa y hacían la contraria. Presumían de liberales que solo confiaban en el mercado, y en borrar las fronteras internas, pero mientras esto predicaban, inflaban una entidad financiera centrípeta que engullía a otras de provincias a pesar de estar tan enladrillada como ellas.
A esta tarea se aplicaron con descaro jacobino Mafo, Esperanza Aguirre, Almunia, Gallardón, ZP, Rajoy, Rubalcaba, De Guindos y compañía. Un consenso centrípeto que mientras predicaba las maldades de los políticos metidos a gestores, nombraba a Rodrigo Rato máximo gestor del invento. Consenso sobre las virtudes de la bancarización a todo trapo y del tamaño cada vez mayor. Un candidato (sostuve en su día, con cinismo, que el mejor) que venía de lanzar la burbuja inmobiliaria española y de no enterarse de la burbuja financiera mundial (como ministro y director del FMI, respectivamente). A nadie le importaba, fui considerado un indocumentado por mi osada ironía.
Rato cumplía con el delirio centrípeto español: era una garantía contra el riesgo moral (si todo iba mal, otros pagarán) y una garantía del riesgo sistémico (él sí podía liderar el crecimiento de Cajamadrid hasta convertirla en una bomba). Es de justicia recordar en este punto a los preclaros paladines gallegos de lo bien que nos iría hoy dentro de esa ballena sistémica. De lo trasnochado de nuestros prejuicios interautonómicos a favor de lo local y lo pequeño.
Objetivo cumplido: máximo riesgo moral y máximo riesgo sistémico. Para evitar este último, miles de millones de dinero público se convertirán en acciones y papeles que no valdrán nada. Al final lo mejor será regalar por un euro el monstruo centrípeto. Regalarlo en trozos a los que están al acecho. De nuevo, como con Endesa, antes que dejar lo español para La Caixa -que manifestó su interés- es preferible enrocarse en Madrid.
Esperan, al acecho, los que se manejan bien con la depresión de la economía española (radical desempleo y devaluación de costes) porque tienen diversificado su negocio por el mundo global. BBVA y Santander. Apretando las tuercas al país, y con el BOE de mano, conseguirán finalmente quedarse con todo. Aún a riesgo de que todo salte por los aires. Es así como los créditos sanos producen bancos cada vez más enfermos. El cuento de nunca acabar.
El prejubilado multimillonario Goirigolzarri, no se sabe si representado al Estado o a los tiburones, se hace cargo; el Banco de España no detecta contabilidad creativa en todo el asunto y Rodrigo Rato se despide cobrando su buen dinerito y sin que nadie haga preguntas molestas. Unos campeones.