Sí, el triunfo de François Hollande supone una esperanza para los que creemos que la austeridad a ultranza y por sí sola es negativa e injusta. El dogma de fe de la reducción del déficit en un período muy corto de tiempo y a costa de lo que sea sirve para justificar todo tipo de recortes, golpea de forma brutal a los sectores más desfavorecidos y a las clases medias y, a la vez, es contraproducente, pues conduce a la paralización de la economía, al desempleo galopante y la recesión. Además, es una mera convención, como demuestra que tan pronto se defiende el objetivo del 4,4 %, como si nos fuera la vida en ello, que después se eleva al 5,8 % y finalmente se deja en el 5,4 %. Para las tres cifras Mariano Rajoy ha esgrimido los mismos argumentos. ¿Por qué no el 6 %, el 6,5 % o el 7 %? Ahora la UE habla incluso de relajar la exigencia del 3 % para el 2013, lo que se habría considerado anatema puesto en boca de un socialista.
Dicho esto, Hollande no va a ser la panacea que algunos esperan. Y, no seamos simplistas, tampoco Merkel es el origen de todos los males que aquejan a Europa, aunque su inflexible austeridad fiscal los agrave. Es de celebrar que Francia tenga un presidente que apuesta por el crecimiento para dinamizar la maltrecha economía europea. Pero habrá que ver cómo se traducen sus promesas electorales en hechos, qué capacidad de maniobra tiene ante la poderosa canciller alemana y cuál será la reacción de los aún más poderosos mercados. Ni Hollande es el hombre más peligroso para Europa, como pretende el liberal The Economist, ni un demiurgo provisto de una varita mágica como lo pintan los gauchistes ingenuos.