Abel I: «Vigo, c'est moi»

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

Se atribuye al rey de Francia Luis XIV un pensamiento (L'État c'est moi) que expresa de un modo insuperable su verosímil convicción de que entre el territorio que gobernaba y su persona no había diferencia.

Pronunciara o no el Rey Sol esas palabras -algo que los historiadores consideran improbable-, lo cierto es que la ideología de fondo que encierra la expresión («El Estado soy yo») ha anidado en el corazón de todos aquellos políticos que, hoy o ayer, víctimas de una fuerte pulsión autoritaria han perdido el sentido de la realidad hasta el punto de creer que quien los critica a ellos critica, en realidad, al pueblo, región o Estado que gobiernan.

Y eso y no otra cosa es lo que cree el regidor de Vigo a pies juntillas cuando tacha de antiviguista a este periódico por haber publicado una noticia veraz y relevante para la formación de la opinión pública gallega: que Abel Caballero acudió primero y se marchó después de la manifestación del Primero de Mayo en el coche oficial que utiliza como alcalde.

Que tal información es cierta ha quedado demostrado por la serie de fotos aportadas por La Voz, fotos que no dejan duda sobre la veracidad de la noticia. Pero la información no solo es cierta sino, además, muy relevante: primero, porque la opinión pública tiene el derecho de juzgar si el uso que el alcalde de Vigo hace de su coche oficial es correcto o abusivo; y después, porque esa misma opinión pública debe poder decidir si el comportamiento de Caballero es coherente con la liturgia que ha venido definiendo al Primero de Mayo desde su fundación como día de los trabajadores.

En todo caso lo más grave de este asunto ha sido, al fin, el tono insultante de las notas que el gabinete de la alcaldía viguesa ha remitido a este periódico, al que Caballero se ha atrevido a calificar, además de antiviguista, de fascista.

Con ello demuestra el alcalde de Vigo una vez más que no entiende en absoluto que el papel de los medios de comunicación en una sociedad libre y democrática no es el de reírle las gracias al que manda sino el de informar de lo que pasa, también cuando lo que pasa no le gusta a quien se ve afectado por informaciones contrastadas y veraces.

La acusación de que La Voz de Galicia es un periódico fascista resulta tan delirante que se descalifica por sí sola, pero ofende gravemente a quienes lo hacemos día tras día y, lo que es más inadmisible, a sus cientos de miles de lectores. Con la burda falsedad de que es un diario antiviguista no persigue Caballero otro objetivo que esconder sus vergüenzas detrás de la gran urbe que sufre la desgracia de tenerlo como alcalde. Pues Vigo, ciudad admirada por todos los gallegos y admirable por tantísimo motivos, se merece algo mejor que un alcalde que, sencillamente, la pone en ridículo un día sí y otro también.