Después del Primero de Mayo

OPINIÓN

Gracias a los manifestantes del Primero de Mayo ya sabemos que los mismos ciudadanos, sindicatos y partidos minoritarios que estaban en contra de las políticas de Zapatero -que en su mayor parte fueron expansivas y utópicamente garantistas de los derechos y servicios del Estado de bienestar- también están totalmente en contra de las políticas alternativas a las de Zapatero, lo que en términos lógicos podría definirse como un estado de levitación colectiva que propone salir de la crisis por el arriesgado procedimiento del «ni sí, ni no, ni todo lo contrario».

Pero lo grave no es la ensoñación romántica del pueblo, sino que el runrún que va aislando al Gobierno se basa en dos engaños de enorme gravedad. El primero es el que nos habla de una Europa que abandona a Merkel para abrazarse a Hollande, y de que, detrás de este empecinamiento que nos lleva a un apocalipsis de vacas flacas, ya asoma un evangelio de vacas gordas que el bendito Hollande va a pagar de su bolsillo. Y el segundo es la andrómena de un crecimiento compatible con el equilibrio fiscal que nadie explica cómo puede lograrse, ya que, no habiendo -¡gracias a Dios!- la posibilidad de un ajuste monetario -es decir, de una devaluación severa y empobrecedora que descargue todos sus efectos de un solo golpe sobre los salarios y los ahorros de las clases medias y bajas-, no parece que haya otra forma de pagar el crecimiento que no sea la vuelta a un mercado de deuda que nos obligaría a financiarnos al precio de Grecia y con el aval de Alemania.

Porque el mago Antón, que yo sepa, aún no encontró el truco de crecer sin dinero. Y porque el mago Merlín, que sabe más por viejo que por mago, tampoco encontró políticas expansivas que no vuelvan al Plan E; a las urbanizaciones megalómanas; a las estaciones de AVE de 150 millones la pieza; a los másteres sin alumnos; a una sanidad que, a base de estar generalizada, sea la casa de «tócame Roque»; a la sustitución de los peajes normales por peajes en la sombra, y a construir más aeropuertos, más ciudades de la cultura y de las artes, y más regalos a los padres que tienen niños, a los niños que se quieren ir del hogar, y a los niños que después de irse del hogar y tener otros niños entran irremisiblemente en el paro de larga duración.

Por eso conviene recordar que ese paraíso del ajuste sin ajuste, que promete Hollande, es el lugar del que ya venimos. Y que si queremos mantenernos dentro de una economía seria y ordenada, se tienen que acabar los ministros y sindicalistas que le dan de comer a la gente a base de repetir el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, cuyo éxito solo perdura por dos cosas: porque el que lo hizo fue crucificado dos meses después, y porque el Todopoderoso, que nunca tropieza dos veces en la misma piedra, jamás quiso repetirlo.