Nadie nos quiere

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

21 abr 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Más parece que Dios y los mercados juegan a los dados sobre nuestro futuro económico. El mismo que han encorsetado con el corpiño de la austeridad y la ciega obediencia a ese nuevo eje Bruselas/Berlín. Nos están dejando solos, a la deriva, sorteando todos los temporales, las galernas, en el ojo del huracán que ha diseñado la tormenta perfecta. Nadie nos quiere, ni nosotros mismos, que no hacemos otra cosa que lamernos las heridas, mientras Rajoy y su gabinete despliegan, semana tras semana, su mapa de campaña, donde se clavan los alfileres que señalan las heridas de la asaeteada clase media.

«Faber est suae quisque fortunae», que traduciendo a Claudio quiere decir, más o menos, que cada uno es artífice de su propia fortuna, de su infortunio en este caso, con acusaciones derrochadoras al antaño responsable de todos los males, el expresidente Rodríguez Zapatero, que ingenuamente soñó con un país benéfico en el que crecían los euros colgados, como las cítaras teatrales, de los árboles.

La historia de las lluvias que derivaron en lodos, o como se diga, es solo un argumento galdosiano, cuando nuestro futuro se decide en oscuros y ajenos centros de poder, y las catástrofes que están por venir se editorializan en la influyente prensa económica anglosajona. Nadie nos quiere, nos miran de reojo cuando no nos dan la espalda. Se nos agota la capacidad de sorprendernos con los nuevos anuncios del ajuste, y las noticias económicas más parecen información de sucesos mientras el paro, el desempleo, galopa desbocado.

Y para consumo interno las fabulosas fábulas cotidianas de elefantes y cacerías para celebrar el aniversario de la muerte de Hemingway, que cazaba panteras en el Kilimanjaro. Y en esto llegó Evita revestida de la señora Fernández, y nunca tanto se escribió de Jorge Luis Borges, aquel genial escritor antiperonista que aseguraba que los argentinos «descendemos de los barcos».

Y otra vez la soledad en torno a esta agresión, comprobando que nadie nos quiere, que ya no contamos para la cordada que ascendía el Everest del G-8.

Y nos cobran por mantener la respiración asistida con el oxígeno de la nueva política fiscal, recortes y repagos, copagos y pospagos, que nos asfixian paulatinamente.

Y entre la resignación y la desesperanza nos atrevemos a pedir un acuerdo, un gran pacto social que supere las divergencias y redibuje la cartografía general de los sacrificios que vienen a un país cercado por los desafectos, cuando comenzamos a saber que nadie nos quiere.