La lógica cambia


¿Por qué un país puede soportar más de cinco millones de parados sin que salten las esclusas que mantienen en su sitio a políticos sin soluciones? ¿Cómo es posible que los ciudadanos aun conserven dosis de paciencia para encajar recortes mientras un alcalde al que se acusa de no pagar el IVA -el dinero con el que se sufragan hospitales o colegios- siga aferrado al sillón? ¿Está narcotizada la sociedad?

Muchos de los que flotan en esa marea turbia creen que sí, y por eso actúan como si la cosa no fuese con ellos. A veces, da la sensación de que los ciudadanos damos por descontado que hemos de pagar a políticos que no solucionan problemas y, lo que es peor, que nos hemos resignado a que de vez en cuando aparezca alguno que se cree en el derecho de cobrarse un peaje extra.

La sociedad española ha dado muestras de una extrema sensatez, que no es difícil que alguien pueda confundir con indolencia. Y puede que algo de eso haya, porque ya se sabe que el confort alimenta la pereza. Pero la lógica de las cosas puede cambiar. Sobre todo cuando hay que apagar la calefacción, cuando llenar el depósito del coche cuesta más de sesenta euros, cuando crecen la colas de los comedores sociales y cuando el recorte de los servicios públicos no es un panfleto de abajofirmantes.

Y si cambia la lógica de las cosas quizás las culpas dejen de ser de los mercados. O puede que las sigan teniendo, pero la gente entenderá que sus dictados no son imperativo inexcusable. Ya lo dice hasta algún banquero: la recuperación no será posible solo con recortes. El efecto del narcótico de la bonanza expira.

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