Pero, ¿quién gobierna España?

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

Si ustedes me permiten, estoy hasta ahí -sí, justamente, hasta ahí- de eso que llaman «los mercados». Y, si me apuran, también de una Unión Europea en la que no mandan sus instituciones representativas sino un grupo oligárquico de dirigentes nacionales, que son quienes de verdad deciden lo que a todos nos afecta. Unos dirigentes -digámoslo con claridad- que, en el mejor de los casos, actúan según la conveniencia de sus propios países y, en el peor, según sus intereses electorales o los de su partido respectivo.

Tan es así, que el desarrollo de los acontecimientos económicos tras la llegada de Rajoy a la Moncloa confirma lo que era un secreto a voces desde que Zapatero hubo de abandonar su populismo para asumir el recetario de recortes que le fijaron, en una proporción que no es fácil determinar, los dichosos mercados y los poderes reales de la UE: de hecho, cuando el presidente del BCE, Mario Draghi, proclama ahora que los mercados esperan más reformas en España, uno empieza a sospechar que es él quien lanza a los especuladores un mensaje para que aprieten su cincha sobre España y no al revés.

Por eso, aunque pueda parecer una cuestión de perogrullo, la pregunta que encabeza esta columna resulta del todo pertinente: ¿Quién gobierna España? O, por formularlo de otro modo, ¿con qué margen real de maniobra cuenta nuestro Gobierno -ese que según la Constitución dirige la política interior y exterior- para gestionar, siguiendo su criterio, los intereses del país?

El asunto no es solo -aunque lo sea también- de una trascendencia constitucional fundamental, sino que se ha convertido ya en un problema básico para todos los españoles, quienes tras contemplar una dura reforma laboral y un ajuste presupuestario draconiano, se enfrentan ahora a la necesidad de introducir un ajuste de gasto de 10.000 millones de euros en educación y sanidad. Las cosas han llegado, pues, a un punto, en que ya es risible y ofensivo que Rajoy hable solo a su partido y De Guindos al Frankfurter Allgemeine. El presidente del Gobierno tiene que dirigir con urgencia un mensaje a la nación para responder, al menos, a cuatro preguntas esenciales: ¿Cuál es la situación real de nuestra economía, que muchos comenzamos a imaginar más grave todavía de lo que los pesimistas aseguran? ¿Cuál el margen real de maniobra del Gobierno ante el chantaje de los mercados y las imposiciones de los gerifaltes de la UE? ¿Cuántos esfuerzos tendremos aún que hacer para salir de la situación en la que nos encontramos? Y, por último, aunque no en último lugar, ¿cuál es el horizonte hacia el que, para salir de la crisis, dirige el Gobierno nuestra economía?

Hablar sinceramente al país es ya absolutamente indispensable. Guardar silencio, en esta situación de emergencia nacional, resulta por completo inexplicable.