Mali, en el Sahel africano, tiene gran extensión y depende de la agricultura. Pese a abundantes recursos minerales y a esfuerzos por mejorar la economía desde 1991, año en el que se implantó una verdadera democracia, no ha podido remontar el puesto 128 en nivel de riqueza. Las hambrunas por las sequías y la inseguridad provocada por los levantamientos tuaregs, los grupos terroristas islámicos, contrabandistas e inestabilidad en países vecinos mantienen la frágil democracia al borde de la crisis.
No sorprende que el 21 de marzo militares liderados por el capitán Amadou Haya Sanogo derrocaran al presidente, Amadou Toumani Touré. El golpe se justificó por la frustración del Ejército, incapaz, por falta de medios, de hacer frente a la rebelión de los tuaregs del norte. Una rebelión el 17 de enero que culminó con la declaración de independencia por el Movimiento Nacional de Liberación de Azawad el 6 de abril.
Con una población estimada de 1,2 millones de personas, la mayoría de los tuaregs son nómadas en un territorio que se extiende por parte de Argelia, Libia, Mali, Níger y Burkina Faso. Una vida itinerante que no es aceptada por estos Estados. Diez mil fueron expulsados de Argelia en 1986, refugiados en Libia, 18.000 salieron de este país y regresaron a Argelia en 1990, siendo hacinados en campamentos. Levantados contra las precarias condiciones, muchos rebeldes huyeron hacia Mali, donde fueron perseguidos. Desde entonces han protagonizado guerras en Níger o la de 1990 a 1996 en Mali. Hostigados y con acuerdos de paz incumplidos, ponen en jaque países con solidez poco fiable.