El Gobierno de los liquidadores


Sorprende, por lo que tiene de pueril en un equipo de curtidos veteranos que presumen de estar de vuelta de todo, el pasmo con el que el Gobierno está acogiendo la fuerte desafección que genera entre los ciudadanos su radical programa de recortes y reformas. Se diría que realmente esperaban que los españoles todos nos fuéramos a poner en fila detrás de este Rajoy que nos sube los impuestos y nos pone a comer gachas, como si fuera el mismísimo flautista de Hamelin.

No todos, pero sí más de uno de los miembros del Gobierno, parecen no haber entendido todavía cuál es el papel que tienen reservado en este momento difícil de la democracia española. Creían, al parecer, que el pueblo soberano los iba a aclamar como a esos héroes de película de acción que salvan al elenco de actores secundarios guiándolos por el camino correcto y acaban librándolos del fuego, el terremoto, el hundimiento o cualquier otra catástrofe. Nadie les dijo, por lo que parece, que en realidad son carne de cañón. Los miembros de un Consejo de Ministros que en cien días tiene que abaratar el despido, reducir la inversión pública en más de un 40 %, subir el IRPF o retirar las ayudas al empleo solo pueden ser comparados con esos liquidadores de Chernóbil o Fukushima, enviados a una lucha necesaria pero suicida contra un enemigo implacable, sabiendo que no solo no hay salvación posible, sino tampoco recompensa u honor.

El Gobierno está dispuesto, y así lo dice, a hacer lo que sea necesario, incluyendo someter a los ciudadanos a sacrificios indecibles y muchas veces injustos, con tal de librar a España de una quiebra que a su juicio es una posibilidad más que real si no se sigue ese camino. Bien. Pero pretender que, al tiempo que se ejerce esa labor desagradable e ingrata, sea posible ganarse el favor y hasta el aplauso de los españoles es una imposible cuadratura del círculo que a ningún político sensato y realista puede pasársele por la cabeza. Pero sí, al parecer, a algunos dirigentes del PP. Resulta inaudito, por ejemplo, que nadie en el Gobierno alertara del disparate político que supone que Javier Arenas se presentase ante los andaluces para pedirles el voto flanqueado por el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, artífice de una de las mayores subidas de impuestos de la democracia, y por la ministra de Empleo, Fátima Báñez, redactora de una reforma laboral que facilita el despido. Solo le faltó llevarse de De Guindos para completar el cartel. Con semejantes avalistas, se entiende que a Arenas le negaran el crédito.

Ellos no lo saben, pero Rajoy formó este Consejo de Ministros no para seducir a los ciudadanos, sino para abrirse paso con un lanzallamas en medio de la jungla. La mayoría no llegarán al 2016. Antes se habrán carbonizado. Cuando este ejército de ciborgs sin sentimientos culmine su tarea suicida, serán otros, del PP o del PSOE, los que rentabilicen el fruto del Gobierno de los liquidadores.

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