El viernes, cuando se anunció un ajuste de 27.300 millones de euros, debía comparecer ante la nación el presidente del Gobierno. Y, en vez de aligerar el mensaje con juegos contables sobre los verdaderos destinatarios y las justas excepciones del recorte, debía habernos pedido, en tonos apasionados, un esfuerzo colectivo. Porque en España no hay nadie que no sepa que a los ministros les gusta más gastar que ahorrar, y que cuando no lo hacen es porque no pueden. Si Rajoy nos hubiese pedido confianza y valentía, y nos hubiese recordado el calvario que nos espera durante dos años, estoy seguro de que la mayoría de los españoles le hubiésemos creído y comprendido, y que, maldiciendo de los errores que hemos cometido entre todos -y no solo Zapatero-, no habríamos escatimado el coraje que se necesita en ocasiones como esta.
Pero Rajoy no compareció, y Sáenz de Santamaría puso más empeño en demostrar lo serio y lo listo que es su equipo que en generar complicidad y unidad entre los ciudadanos y el Gobierno. Y eso significa que en la Moncloa aún no saben que sin el pueblo no se sale de la crisis, y que para que el pueblo acuda hay que llamarlo de forma conveniente.
Al día siguiente compareció Rubalcaba, y, en vez de facilitar la arrancada de este viaje tan matizable como ineludible, y de tratar de disimular el entuerto que nos dejó el Gobierno del que él fue vicepresidente, optó por rechazar la única vía de salida que nos queda para evitar el desastre. Rubalcaba sabe muy bien -y siempre actuó en consecuencia- que hacer políticas contrarias al Gobierno de la UE equivale en la práctica a actuar fuera del sistema. Pero, en vez de apuntarse a la grandeza y a la inteligencia política, nos vino a anunciar que va a apostar por el pejiguerismo opositor, por hacer causa con todos los demagogos e ignorantes que pululan por el universo mediático y los caminos de la acción social, y por hacernos creer que aún es posible cambiar el orden de prioridades entre un crecimiento que nadie explica cómo se puede generar y un ajuste que nadie sabe cómo se puede aplazar. Y eso, viniendo de Rubalcaba, no es una tontería, sino una estafa electoral.
Y, para que nada faltase, el sábado por la tarde salió al remate De Cospedal, que, poniendo cara de no haber roto un plato en su vida, nos quiso convencer de que los valientes, en vez de ser los españoles, son los ministros, y de que, gracias al denuedo y agudeza que derrochan, volveremos a ser felices a finales de este año, cuando Rajoy tenga que anunciar otro ajuste brutal para el 2013.
Por eso no queda más remedio que decírnoslo claro a nosotros mismos: la patria está en peligro, y tenemos la obligación de salvarla, recordando que la buena política no es un juego de poder, sino un compromiso explícito e inteligente con nuestro bienestar y nuestra libertad.