C omo yo no he contado los huelguistas, tengo alguna dificultad para calificar la huelga. Como siempre ocurre, habrá sido un éxito si la prensa lo dice, y un fracaso si la prensa lo certifica. Como estamos en las dos Españas, hoy encontraremos en el quiosco periódicos que hablen de «desigual seguimiento», que es una forma de no mojarse, de «fracaso total de los sindicatos» en los diarios más gubernamentales, y siempre habrá alguno que se atreva a hablar de triunfo sindical. Lo peor, como siempre que hay movida callejera, las fotos. Veremos fotografías de incendios, de barricadas y de violencia de piquetes que no se corresponden con la huelga real. Pero son las que teme Mariano Rajoy, porque son las que publica la prensa internacional y nos hacen parecer a Grecia. Rajoy estaría dispuesto a cambiar una subida del 10 % en el número de huelguistas por la ocultación de esas fotos. Con la excepción del País Vasco, donde la huelga ha sido masiva, la calificación más adecuada es la de seguimiento discreto.
La conclusión sociológica es que este país no está para protestas de este tipo. La reforma laboral solo entusiasma a los ministros y a los empresarios, pero la ciudadanía ha optado por la resignación y no se inclina por protestas de gran dimensión. Tal como está la economía, quien tiene empleo tiene mucho más miedo a perderlo que a las condiciones en que le obliga a trabajar la reforma laboral. Y el Gobierno todavía no le ha dado razones bastantes para ponerse en rebelión.
Las conclusiones políticas parecen evidentes. La primera es que el Gobierno no tiene motivos añadidos para cambiar de opinión. Si antes de la huelga no estaba dispuesto a cambiar ni una coma de su hoja de ruta, ahora tampoco. Ya se produjo la huelga general que temía Rajoy, y era como un impuesto que tenía que pagar por su reformismo. Se pasó por ventanilla, y lo máximo que está dispuesto a hacer es aceptar alguna enmienda razonable en el trámite parlamentario. No hay que minimizar los síntomas del descontento, pero tampoco hay que hacer un drama del estilo de «vivimos una situación límite».
Peor lo tienen los sindicatos. Están obligados a hablar de victoria y exigir lo que corresponde a la victoria: negociación, cambio de la ley, aceptación de sus condiciones. Y ante eso hay algo que decir: toda esa liturgia está muy bien. Es la que sigue a toda confrontación. No se puede presumir de éxito sin exigir la recompensa que corresponde.
Pero cuidado con las palabras: eso que dijeron ayer Fernández Toxo y Cándido Méndez de provocar y prolongar una larga conflictividad social no es de recibo. Es una amenaza. Tiene el sonido del chantaje. Y es, desde luego, lo peor que se le puede hacer a este país.