La de ayer no fue una huelga de sindicalistas, ni de piquetes. Aunque también. Fue una huelga de ciudadanos con el agua al cuello. Como siempre, es probable que se hayan cometido abusos con personas que hubiesen preferido ir a trabajar y no pudieron hacerlo. O al revés. Pero no hay más que contemplar las imágenes de las manifestaciones para comprender que hay personas, muchas personas, que tienen motivos para salir a la calle. Tal vez sin la acción de piquetes, más fábricas y negocios hubiesen abierto sus puertas, pero la respuesta a las concentraciones hubiese sido la misma. Y fue masiva.
La reforma laboral fue el banderín de enganche al que se han agarrado los sindicatos, pero hay otras razones para que las protestas hayan alcanzado la participación que tuvieron. La pérdida de derechos sociales en la actual situación de recesión es evidente -ya había adelantado Rajoy en la campaña que el Estado de bienestar se mantendrá hasta donde nos lo podamos pagar-, pero las primeras medidas de ajuste no parecen despejar las dudas de la gente. Más bien al contrario.
Se abarata el despido, se rebajan retribuciones a los funcionarios, se recortan servicios públicos, aumenta el paro. Tal vez sean medidas ineludibles, pero no las únicas posibles. Porque no vienen acompañadas de la apuesta por la reactivación de sectores económicos esenciales, de expectativas de empleo para los chavales a los que no les queda más remedio que preparar la maleta, de incentivos para reanimar al agonizante comercio. Un sentimiento de zozobra es el que los cientos de miles de ciudadanos expresaron ayer en las calles.