Es un clásico. Los presidentes hablan más cuando están de viaje que cuando están en España. Rajoy no iba a ser menos. En la cumbre de Seúl lanzó varios mensajes. El primero, que el recorte será más duro en todos los ministerios. El segundo, que los funcionarios serán congelados. Y aclaró que no les baja el sueldo para no dañar todavía más el consumo. Ahí se desliza la clave de la bóveda de todas las políticas. ¿Hay que cumplir con el déficit o hay que abrir algo la mano? ¿Cuentas restrictivas o algo de viento para no caer en la ruina por la vía de perjudicar el consumo? No fueron los únicos mensajes que lanzó desde Corea. Tuvo tiempo para bromear con Obama, al que vio. Él le dijo que sus hijas estudiaban español. Y Rajoy le contestó que sus hijos y él mismo hacían lo propio con el inglés. Queda claro que los máximos dirigentes son de carne y hueso y tienen conversaciones de ascensor como las que escribió Jardiel Poncela. Las palabras de Rajoy quieren ser la venda antes de la herida que llegará el viernes con la presentación al fin de los Presupuestos más (des)esperados. Antes, mañana, la huelga general. Una semana para recordar, sin duda.