El beso de la saudade. Poeta y fingidor, como su amado Pessoa, Antonio Tabucchi (Vecchiano, 1943-Lisboa, 2012) ha cerrado los ojos en el hospital lisboeta de la Cruz Roja. Muere el autor y queda una literatura. El italiano que vivía en Lisboa, donde se enamoró de la mujer y de la ciudad, era un creador de grandes aciertos con mucha relevancia. Aunque uno de sus libros se titula (el juego del revés) Pequeños equívocos sin importancia. Sabía que las palabras son reflejos en un espejo. Y conocía, como escribió Pessoa, que todo lo que vemos es otra cosa. Tuvo éxito con su novela más canónica Sostiene Pereira, una flor rara sobre el compromiso. Y fue un genio en la miniatura del relato, donde tan difícil es tensar la escasa cuerda. Cuando imaginó los tres últimos días de Pessoa, lo hizo a la misma altura que Carver cuando soñó la muerte de Chejov con sus tres rosas amarillas. Decía Tabucchi que la literatura es el Internet del alma. Pertenece a una estirpe de personas, que están desapareciendo, que nadaron en la cultura impresa y que crecieron mojando sus corazones en tinta. Profesor y viajero de horizontes volátiles, de nocturnos hindúes, sostiene Tabucchi que siempre nos quedarán las palabras, esos colores, el diccionario, ese piano.