El PP cosecha una derrota y un chasco


La derrota la sufre en Asturias (10 escaños), donde el Foro se consolida (13) y el PSOE saca pecho (16). Y el chasco se lo lleva en Andalucía, donde la mayoría absoluta quedó muy lejos (50 escaños de los 55 necesarios), donde el PSOE (47 portentosos escaños) podría gobernar con IU (12), y donde se estrella definitivamente uno de los barones del partido. Así que, para los que habían previsto una apoteosis final del marianismo, el 25 de marzo fue un día muy aciago.

El Gobierno Rajoy cumple hoy 96 días, que, vistos en su contexto y con olor a huelga general, equivalen ya a cien días mal contados. Porque Mariano, más que un líder llamado a salvar el mundo con sus ideas, su voluntad indomable y su visión premonitoria de las cosas, era el cohete que debía llevar a la derecha neoliberal a su plenitud, y a la izquierda -también neoliberal- a su absoluta decadencia. Y esa conjunción histórica se produjo ayer muy enferruxada, cuando el PP solo subió hasta donde podía subir, y el PSOE solo cayó hasta donde podía caer.

Ahora empieza un nuevo ciclo, cuyo signo no va a ser un PP rompedor y audaz, sino un Rajoy atenazado por lo que Spengler llamaría la decadencia ontológica. Porque, por mucho tiempo que le quede al PP -que pueden ser dos o tres legislaturas- su signo astral ya no es la plenitud. Por eso creo que la imagen de un Mariano Rajoy que esperaba el paso de las elecciones andaluzas y asturianas para empezar a tomar decisiones, cumplir el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, y poner orden en el gasto y la fiscalidad de todas las Administraciones ibéricas, ya no es más que un sueño recalentado por la crisis. Porque la acción de coronar la obra es posible cuando se viaja hacia la plenitud, pero no cuando se inicia el inexorable ciclo de lo que sería, en palabras de Spengler, el tránsito de una cultura creadora a una civilización resistente.

Lo que esperaba Rajoy -que la prima de riesgo descontase sus victorias, que Europa reconociese que habíamos destituido a un pelele para entronizar a Superman, que el neoliberalismo funcionase como talismán del crecimiento, que la ciudadanía entendiese todos los sacrificios, y que todas las Administraciones reformasen sus estructuras y sus culturas al conjuro de «somos un país serio y razonable que cumple todos sus compromisos»- podía haberse producido en los 96 días que separan aquella apoteosis triunfal del solsticio de invierno de este chasco psicológico -al fin y al cabo no es más que eso- del equinoccio de primavera. Pero lo que ayer sucedió, 96 horas antes de los cien días de gracia que exigen todos los gobernantes, es que Zapatero dejó de ser el culpable de todo, y que el PP de Soraya y Mariano -en cuyo imperio acaba de producirse un pequeño eclipse- se constituye en el único responsable de una crisis que no deja de empeorar.

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