Es como si la crisis hubiese exacerbado nuestro sentido autocrítico y ya no pudiésemos dejar de burlarnos de todo lo que antes nos parecía bien, cuando nuestra economía iba viento en popa a toda vela. Ahora nos regodeamos explicándole a todo el que quiera oírnos (y muy especialmente a los extranjeros) lo fatuos que fuimos entonces, cómo planificamos y ejecutamos inversiones inverosímiles y absurdas, y cómo urdimos despropósitos urbanísticos. Es como si quisiésemos demostrar que ahora hemos alcanzado la luz y lo vemos todo claro (cuando la verdad es que antes también lo veíamos todo muy claro, pero al revés). Y no queremos reconocer que lo que convirtió a los linces de antaño en los topos de hogaño fue la crisis mundial, originada en EE.?UU. y de la que fuimos -somos- víctimas y cómplices. Porque, en efecto, nos cogieron con el pie cambiado en la mitad de muchas escaleras y embarcados en proyectos faraónicos.
¿Eran locuras todos esos proyectos? Es muy fácil decirlo ahora. Y me hace gracia que algunos socialistas se den golpes de pecho diciendo que debieron haber pinchado a tiempo la burbuja inmobiliaria. ¡Como si fuese tan fácil! Porque, ¿cuál era ese tiempo? ¿Y cómo iban a pincharla si no sabían que existía? ¿Dónde estaba escrita su fecha de caducidad? La sabiduría de la que ahora presumimos, sobrevenida a posteriori con una sospechosa unanimidad, resulta muy inquietante porque puede ocultar errores de percepción similares a los que ya sufrimos en el pasado. Es como si también quisiésemos olvidar el secreto más desvelado del capitalismo: su naturaleza cíclica, que es justamente la que genera unos períodos de prosperidad seguidos de otros de crisis.
No deberíamos engañarnos en este punto. Es verdad que pudimos hacerlo mejor, pero no mucho mejor (y en ningún caso tan bien como ahora nos exigimos mirando hacia atrás con ira). Basta de reírnos de nosotros mismos. Muchos de los proyectos decaídos que ahora nos asombran tuvieron un contexto en el que tenían sentido y eran factibles. Pero ese tiempo pasó y ahora nos toca luchar con denuedo. El capitalismo es cíclico y, salvo desgracia de nuevo cuño, nuestra economía volverá a florecer. Yo me apunto a esto.