Hablemos en serio de la España soberana

OPINIÓN

Cuando Rajoy dijo que el tope de deuda para este año iba a ser del 5,8 %, que esa decisión era soberana, y que a pesar de todo España cumpliría los compromisos del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, se estaba equivocando en las tres cosas. Y aunque ahora hay mucha gente dispuesta a convertir aquel error en un portentoso triunfo de la rebeldía hispana, que los dos partidos mayoritarios quieren atribuirse, no creo que sea bueno dar por superado este episodio sin sacar algunas lecciones que pueden ser importantes.

Cuando un país comparte moneda con otros dieciséis, financia y refinancia fuera sus deudas públicas y privadas, recibe préstamos milmillonarios del Banco Central Europeo a bajo coste, y está abierto a los vientos comerciales e inversores que soplan en los dos sentidos y en las 32 direcciones de la rosa de los vientos, usar el concepto de soberanía como explicación y escudo de una decisión económica es una temeraria tontería. Y por eso hemos tenido que aceptar sin rechistar que la soberanía ya es una superchería, y que el equilibrio fiscal no es una opción de buena voluntad, sino una obligación que las instituciones de la Unión Europea deben vigilar. Así que lo mejor hubiese sido preguntar primero y hablar después, sin dar la sensación de atabanados que inútilmente hemos ofrecido.

Lo segundo que nos ha dicho la UE, que gracias a Dios es la que manda, es que apretarse el cinturón ahora mismo no es un capricho, y que si este año no bajamos como mínimo al 5,3 % ya no habrá nadie capaz de cumplir con el 3 % del año que viene. Y esa advertencia no es nada baladí, porque, más allá de enfrentarnos a la dura idea de que el ajuste será cada vez más costoso en términos psicológicos, de confianza y de actitud, también nos están advirtiendo de que la estrategia de aflojar ahora para apretar después es suicida. Mi opinión es que, si se mantiene el objetivo final del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, no se gana nada racaneando los plazos, y por eso creo que Rajoy volvería a equivocarse si, a pesar de haber logrado cambiar el ritmo del ajuste en 0,9 puntos, no intenta acercarse lo más posible al 4,4 que estaba previsto y pactado.

La tercera evidencia es que tanto la decisión como la estrategia de comunicación tuvieron altos costes en lo referente a nuestro prestigio exterior y a nuestra capacidad para figurar en la cabeza del convoy europeo, y que los ciudadanos han dejado de creer en que el ajuste del déficit es inevitable. Y como para prueba basta un botón, los gallegos ya sabemos que, en un momento de recortes dramáticos en los servicios, los salarios y el empleo, el parador de Muxía -tan fantasmal como la Santa Compaña- sigue siendo prioritario. Porque sí. Porque estaba de Dios. O porque en vez de bajar el déficit al 4,4 % solo lo tenemos que llegar al 5,3. Es la lógica absoluta de todo lo relativo.