Los dirigentes de UGT y CC.?OO. tienen todo el derecho a convocar una huelga general para el próximo día 29, pero no parecen muy deseosos de enviar sus barcos a luchar contra los elementos, conscientes de que el temporal puede arreciar y tener imprevisibles consecuencias. Saben que el horno no está para bollos y que esta vez el concepto mismo de los sindicatos podría salir chamuscado, y su papel, cuestionado.
El problema no está en que se vaya a discutir su existencia, que está bien apuntalada en la Constitución. El verdadero problema es que empiecen a ser percibidos solo como defensores de sus propios intereses y no como fuerzas vertebradoras en el ámbito sociolaboral. Los dardos del PP apuntan en este sentido y recuerdan -por vías mediáticas afines- que la jornada de huelga le costará a España más de 7.000 millones de euros. ¿Están bien hechas estas cuentas? No lo creo, ni es el mensaje esencial. El verdadero mensaje que se quiere difundir es que el país no está para tirar sus dineros.
Otra cuestión peliaguda. ¿Cuál es la posición de los parados ante una huelga general convocada por unos sindicatos que no se ocupan de ellos, ni siquiera al nivel de Cáritas? De Cospedal pone el dedo en esta llaga una y otra vez, sabedora de que maneja un argumento candente y afilado, y los acusa de movilizarse solo porque, con la nueva norma, «pierden su capacidad de influencia» en las empresas. «Nadie entiende -añade- que hayan estado callados durante siete años», mientras el paro subía a los 5 millones, y ahora «protesten porque sean los empresarios y sus trabajadores los que puedan decidir cómo salvar su futuro». Por si faltase algo más, también los acusa de dañar la imagen internacional de España y de contar con un excesivo número de liberados sindicales.
Rubalcaba, secretario general del PSOE, clama que «no se pueden imponer unos recortes en los derechos de los trabajadores sin ni siquiera hablar con los agentes sociales». Pero él sabe que se puede. La pregunta es: ¿quién desea esta huelga? No lo sé. Pero los sindicatos se sienten atrapados entre la espada y la pared, y la consideran irrenunciable. Y están en su derecho a convocarla, con mayor o menor deseo y pase lo que pase.