E n un cuento de Borges no importa la trama, sino la tramoya. El sueño, más que la realidad. El deseo, y sus variaciones, más que lo tangible. Pienso en Borges mientras me sacudo la repugnancia que me produce el caso Campeón y sus arrabales. El Campeón, el Gürtel, los ERE andaluces. Cómo pueden negociar altos jerarcas políticos con gentes de tan baja ralea, cómo hablar tan ordinario, cómo decirse las obscenidades (fuera de escena) que entre unos y otros se proferían. Cómo se pueden otorgar subvenciones públicas a los que nada les importa lo público. No podemos teñirnos de porquería. Era Beckett quien decía que cuando la inmundicia nos llega hasta el cuello, lo único que nos queda es cantar. Cantar? o soñar, como Borges. En Ulrica, uno de sus cuentos, un personaje proclama que ser de un país es un acto de fe. Permítanme jugar con la metáfora.
Nunca he sentido tanta vergüenza en mi galleguidad como estos días, descubriendo las interioridades de la corrupción, que tan bien cuenta este periódico: no todos, en efecto, lo hacen tan profesionalmente como La Voz. Son periódicos de partido, no de país, como este.
Los presuntos culpables tejían sus redes de modo transversal, salpicando a instituciones políticas o administrativas. Dirán ustedes que la culpa es de los políticos, pero no solo de ellos. Socialmente, la corrupción nunca se ha castigado de verdad. Aquí los rateros con dinero han estado mejor vistos que los albañiles sin un euro. Se ha alimentado la espiral del todo sirve, del precio más que del valor, de la carencia de mérito, de la mediocridad y el desdoro ejecutivo. Se alimenta todavía el «difama que algo quedará». Del rumor interesado para mantener expectativas electorales. Pero lo cierto es que algunos han dimitido, a otros los han echado, y los menos, negándose a sí mismos y a sus compromisos, continúan ejercitándose en cargos públicos.
La ciudadanía tiene la impresión de que ha sido estafada. Y con la crisis encima solo le queda el recurso distópico de que ya nada puede cambiar: todo irá a peor, piensa alguno. Mira su alrededor. Se desasosiega. Y los sindicatos, que aún no han convocado una huelga contra sí mismos, contribuyen a esta fiesta de los horrores. Qué disparate: los que han callado siete años convocan una huelga en menos de cien días de Gobierno.
A los gallegos se le han marchado la leche, las eléctricas, se desinfla el naval, los bancos (ojalá Novagalicia perdure y persevere)? pero no le ha huido también su amor al país. Hoy, más que nunca, es el momento de convertir la galleguidad en un acto de fe, como quería el personaje de Borges. Fe en el futuro y en la muda de comportamientos. El caso Campeón debe poner un punto y final a este tránsito inicuo de maldades. Punto y final a la indecencia. Galicia y los gallegos no lo merecen.