E s la proporción de parados que tienen más de cuarenta y cinco años. El dato es desolador por lo que está suponiendo el cúmulo de dificultades para reintegrarse en el mercado laboral cuando ya se ha superado la cifra maldita de los cinco millones de desempleados, que traspasan con creces las líneas rojas de todas las alarmas.
Ciento doce mil personas han perdido su empleo en el segundo mes del marianismo, y se contabilizan en el haber de los reformadores de la legislación laboral de la que la legión popular de hagiógrafos consideran el último bálsamo de Fierabrás, la cuadratura del círculo, la piedra filosofal y la áurea proporción del nuevo edificio donde habitan todos los trabajos.
Lo que va mal puede -Murphy dixit- ir a peor, y a peor está yendo; España es un laberinto sin salidas, construido con vacuas y superficiales declaraciones políticas voceadas con la más liviana de las obviedades sin asumir con rigor los principales y muy urgentes problemas, que el partido de Rajoy vendió como un mantra proponiendo una solución inmediata, en la campaña electoral, con el empleo como único punto programático.
La sociedad española no puede esperar, los plazos han caducado y todas las letras están vencidas. El malandrín ya es historia, y sus fechorías han sido denunciadas por la oposición, todos y cada uno de los días de los siete años en que presidió el anterior Gobierno.
Y las tornas han cambiado, la austeridad es una proclama impuesta en un territorio que antes ha sido soberano y donde la banca dicta normas en un desierto sin crédito donde los oasis son solo espejismos.
No hay destinos adonde emigrar, no existen torniquetes para detener la sangría del paro juvenil, pero la frustración que supone dejar de trabajar después de cumplir cuarenta y cinco años, verse abocado en muchos casos a las colas de los comedores de las oenegés, mirar de reojo para llamar a la puerta de Cáritas, descubrir que ya para siempre todos los lunes serán lunes al sol, vivir en el corazón de la desesperanza mientras ves cómo tapian la salida del túnel, esa frustración, añado, es la antesala de la muerte.
Que no tiene que ser la muerte física, es la invisibilidad y la renuncia, el hastío y el callejón vital donde no hay salidas.
Las Administraciones y la banca nos contaron que había que disfrutar de la fiesta, pero cuando paró la música nos fueron desalojando de la opulenta sociedad del bienestar que nunca existió. Los parados mayores de cuarenta y cinco años tienen a sus hijos buscando trabajo, la hipoteca sin acabar de pagar y el futuro pendiente de un hilo. Son cuatro de cada diez en el mapa del desempleo.