Crisis: hay que dejar de golpear del mismo lado

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

L o dijo hace dos días el presidente del Gobierno, cuando, apelando a nuestra comprensión, manifestó que hemos de entender «que las cosas no son fáciles». Quizá Rajoy, cuyos interlocutores habituales son gente con las espaldas bien cubiertas, no entienda lo sorprendente que resulta que él trate de convencer a los españoles de lo que los españoles ya sabemos: no solo que las cosas no son fáciles, sino que son dificilísimas.

Dificilísimas, sí, porque esos ciudadanos a los que Rajoy solicita comprensión -que no son ministros, diputados, líderes patronales ni banqueros- llevan años sufriendo en sus carnes las terribles consecuencias de una crisis que, como todas, ha afectado de forma muy desigual al conjunto de la ciudadanía: mucho más a los que se han quedado sin trabajo que a quienes lo conservan; y mucho más a las clases medias y a las rentas más humildes que a quienes tienen rentas altas.

Pese a ello, es comprensible que Rajoy trate de justificar los grandes sacrificios que está exigiendo a la población y los que, según parece, llegarán. Tras varios años de contemplación de la crisis como si aquella no existiera y de convivencia con ella como si no fuera cosa del Gobierno -los que marcaron la etapa socialista-, era de esperar que por fin alguien intentase en serio sacar al país del agujero en el que está, sabiendo que la solución no llegará por el mero transcurso de los meses.

Lo que resulta inadmisible es que los ajustes caigan sistemáticamente de un lado y los sacrificios golpeen a los de siempre. Lo que resulta inadmisible es que no le tiemble el pulso al presidente cuando hay que exigir esfuerzos dolorosos -aun en el caso de que tales esfuerzos fueran necesarios- a los que menos posibilidades tienen de soportar los rigores de la crisis y se ande con pies de plomo cuando la dureza debe aplicarse a los que están del otro lado de la raya.

El Banco Central Europeo acaba de prestar más de medio billón de euros a un bajísimo interés (el 1 %) a 800 bancos europeos con la misma idea con la que ya hizo un préstamo anterior de caracteres similares: que fluya el crédito a empresas y familias. Pues bien: ahí tiene el Gobierno una buena oportunidad para ser duro con los que nadie lo es jamás, adoptando las medidas legales necesarias para que el dinero llegue de verdad a quienes debería dirigirse para que esos fondos contribuyan a reactivar nuestra economía y no solo a mejorar los balances de los bancos.

Porque, no le quepa duda a Rajoy, lo que los españoles esperan de él es que las cosas empiecen a ser más fáciles para quienes son ahora más difíciles y, en la medida en que ello sea necesario, más difíciles para quienes han venido haciendo su santa voluntad. Si acierta, le irá bien a él y al conjunto del país. Si yerra, nos irá mal a casi todos.