Muchos españoles están convencidos de que más allá de la crisis no hay nada, y que el cosmos está compuesto por una combinación de recortes en los servicios, de rebajas en los salarios, de subidas en los precios, y de colas en las oficinas de empleo. También creemos que estas plagas nos llueven del cielo, sin que tengamos nada que ver en ello y sin que nadie sepa explicarlo. Basándonos en esta cosmología, tendemos a dividir la especie humana en solo dos etnias: la de los políticos, que viven de prometer milagros que luego no hacen; y la de los ciudadanos honrados, también conocidos como indignados, que son leales, solidarios y extraordinariamente trabajadores, que nunca se aprovecharon de la burbuja inmobiliaria ni del desorden financiero, que hicieron con rigor y mesura sus inversiones y ahorros, y que siempre votaron a favor del bien común, sin dejarse arrastrar por demagogos baratos ni intereses particulares.
Con este bagaje de conocimientos, los indignados, que solemos vivir en países ricos y democráticos, nos hemos puesto a mirar nuestro ombligo, resumen infalible de todas las desgracias que existen o se pueden imaginar, y, lejos de atender a la etiología global de la crisis, estamos esperando dos cosas: que se arregle lo nuestro, que es siempre lo justo y lo más importante; y que llegue pronto el momento de volver a las andadas, gastando por todo lo alto, montando enredos financieros e ingenierías contables, y esperando que, gracias a la experiencia adquirida, seamos capaces de prolongar mucho más las nuevas burbujas que vamos a crear.
Por eso me parece oportuno que el Instituto de Investigación de Conflictos de Heidelberg (HIIK) nos haya venido a recordar que más allá de la crisis de los países ricos, y a solo dos horas de avión, está la guerra, que en el 2011 alcanzó dimensiones y riesgos que no se habían registrado desde la Segunda Guerra Mundial. Lo que no dice el HIIK, aunque permite deducirlo, es que la mayoría de esas guerras -diversas, difusas e interminables y difíciles de analizar como un único conflicto- están en el entorno europeo, aunque su activación y gestión está siempre dirigida por el Pentágono, y que la Unión Europea, que sigue embebida en sus elucubraciones internas, está corriendo el grave riesgo de salir de la crisis económica hacia una crisis bélica impredecible.
El modelo de equilibrios que estamos aplicando, basado en la injusticia y el militarismo, es insostenible, y, siendo tan obvio que detrás de cada intervención dejamos un Estado fallido y una economía arrasada, nadie debería dudar de que la política internacional sigue en manos de los halcones. Por eso espero que Rajoy no caiga en el error de pensar que todo es economía. Porque solo la política puede reintroducir los valores en la lucha contra la crisis general que padecemos.