Cuando un argentino une el re a una palabra es que quiere dejar bien claro que habla del grado máximo. Los viajeros que sufrieron el accidente de ayer en Buenos Aires repetían una y otra vez que «el vagón venía relleno». El convoy no frenó y se consumó la tragedia. Decenas de muertos. Cientos de heridos. Los vagones aplastados unos contra otros como acordeón sin fuelle. La estación ferroviaria de Once, una de las más concurridas de la capital, se convirtió en un escenario de infierno. Golpes desesperados de los atrapados en el tren, mientras los servicios de emergencia y la gente que estaba en el andén multiplicaban sus manos para auxiliar a tanta víctima. «Las puertas no se abrían y las luces se apagaron», comentaba otro pasajero que quedó encerrado y logró salir por su pie. El azar elige. Otra vez, los móviles para llamar y decir con el aliento justo: «Me libré». Cuando para muchos se paró el reloj, eran las 8.28 de la mañana, según las crónicas. Otros tuvieron que ser trasladados a los hospitales. Como canta el polaco Goyeneche en el tango Afiches, «se vende la ilusión, se rifa el corazón...». Cuántas familias se quedaron ayer como «un pájaro sin luz».